sábado, 29 de septiembre de 2012

El carnicero del Somme

En julio de 1916, el general británico Douglas Haig ordenó a once divisiones de soldados ingleses que salieran de sus trincheras y avanzasen hacia las líneas alemanas. Las seis divisiones alemanas comenzaron a disparar con sus ametralladoras. La batalla es recordada principalmente por su primer día, el 1 de julio, en el que los británicos (con unos 110.000 atacantes) sufrieron 57.740 bajas, de las cuales 19.240 fueron mortales. Podían verse todos esos cuerpos retorcidos en tierra de nadie, en el fantasmagórico territorio entre las trincheras enfrentadas.
Haig mantenía unas ideas obsoletas sobre cómo hacer la guerra, más propias de las campañas de mediados del siglo XIX que de una guerra moderna. A diferencia de otros militares de su época, nunca llegó a comprender que la caballería tradicional era un arma en extinción, y que las guerras futuras serían protagonizadas por los nuevos ingenios mecánicos que hicieron su debut en la Gran Guerra, como el carro de combate y el avión. Esta mentalidad caduca es la única que puede explicar, por ejemplo, su obcecación en el uso de inútiles cargas de caballería e infantería durante la Batalla del Somme, a pesar de que él mismo había sido informado de su ineficacia frente a las ametralladoras y trincheras en la Guerra ruso-japonesa de 1905 o en el propio Frente Oriental.
Años después de la Primera Guerra Mundial, el viejo y perspicaz soldado todavía aseguraba que "La ametralladora nunca sustituirá al caballo como instrumento de guerra".
El 1 de enero de 1917, este genio de la estrategia, este hombre clarividente fue ascendido a mariscal de campo.

Ese verano Haig continuó con optimismo hacia la ofensiva final. La tercera batalla de Ypres consistió en una serie de ocho ataques llevados a cabo bajo un torrente de lluvia en un territorio inundado y fangoso. No consiguieron romper el frente enemigo. Todo lo que ganaron fue unos ocho kilómetros que costaron a los británicos alrededor de 400.000 hombres.
Los ciudadanos franceses e ingleses nunca fueron informados de estas carnicerías ni del número de bajas que se estaban produciendo. Tras la batalla, los periódicos londinenses imprimieron lo siguiente:
¿Cómo pueden los civiles ayudar en esta crisis?
Esté animado. Escriba alentadoramente a sus amigos del frente. No crea que sabe más que Haig.

Zinn, Howard: La otra historia de los EEUU
http://es.wikipedia.org/wiki/Douglas_Haig
 

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