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martes, 29 de marzo de 2016

Los dientes de Waterloo

Cien días después de su fuga de la isla de Elba, Napoleón se enfrentó durante cuatro días, en el campo de Waterloo*, a la maquinaria de guerra combinada de Prusia, Inglaterra y Holanda. La jornada del 18 de junio de 1815 había empezado con 122.200 soldados aliados de espaldas al bosque de Soignes y 77.500 franceses haciéndoles frente del otro lado de la carretera empedrada de Bruselas a Charleroi. 
A las once y media de la mañana, la artillería de Jérôme Bonaparte abrió fuego de obuses y metralla contra las fuerzas aliadas atrincheradas en el castillo de Hougoumont y empezó la carnicería: las andanadas de los cañones se alternaban con la fusilería, los carros de pólvora volaban por los aires y en el cuerpo a cuerpo los campos de maíz se regaron con sangre.
A las 10 de la noche la batalla había terminado. Los franceses fueron derrotados y en un paisaje de silencio, barro y desolación, hasta donde alcanzaba la vista, los cuerpos de alrededor de 50.000 hombres yacían muertos o heridos. El maíz no pudo ser cosechado, pero hubo otra recolección más productiva. En la penumbra, figuras sombrías deambulaban entre los caídos, no despreciaban ningún objeto de valor hurgando en uniformes maltrechos; pero lo que buscaban sobre todo aquellos carroñeros eran incisivos en buen estado. Había demanda entre los ricos que tenían poca dentadura pero mucho que masticar, una demanda solvente que estaba dispuesta a aflojar la bolsa por una prótesis dental cuya oferta se multiplicó tras la escabechina de Waterloo.
Tanta fue la inundación del mercado que, con independencia de su verdadero origen, los dientes de segunda boca adquirieron un nuevo nombre: dientes de Waterloo. Era un marchamo de calidad. Mejor tener los dientes de un joven saludable muerto por bala de cañón o tajo de sable, que los arrancados de las fauces de un ahorcado, de un fiambre de la morgue o los que suministraban los profanadores que, a tumba abierta, con alicates y nocturnidad, los arrancaban a muertos putrefactos. 

Las potencias europeas fletaban en sus colonias ultramarinas grandes cantidades de azúcar de caña, que extendió la caries entre los europeos acomodados y sobrecalentó el negocio de las prótesis dentales. En 1815 la odontología era una especialidad médica incipiente y los ricos tenían la boca en muy mal estado, con dientes picados y muelas podridas.
Pero en Reino Unido encontraron una solución al problema: reparar las dentaduras con las piezas extraídas a los soldados muertos en la batalla de Waterloo.
A finales del siglo XVIII y principios del XIX "todo el mundo estaba interesado en el negocio de la odontología", dice Rachel Bairsto, conservadora del museo de la Asociación Dental Británica, situado en el centro de Londres. 
En aquel tiempo la base de las dentaduras protésicas era de marfil y se le insertaban dientes humanos. Otra opción era fabricar los dientes también con ese material. La opción más barata eran las prótesis hechas totalmente de marfil, incluidos los dientes. Si no tenían dientes humanos eran más baratas, pero aun así inacesibles para la mayoría de la población. Y a pesar del alto precio, lo más probable es que no duraran mucho, ya que se colocaban en bocas poco saludables.
Eran ingeniosos para la época, pero probablemente incómodas para usarlas y comer con ellas, así como propensas a caerse con facilidad.
Los modelos más deseables era los que tenían dientes humanos, pero los donantes vivos eran limitados y los ladrones de tumbas podían ofrecer un suministro limitado.
Así que la perspectiva de usar miles de dientes británicos, franceses y prusianos encajados en las bocas de los recién fallecidos soldados que yacían en el campo de batalla de Waterloo se volvió sumamente atractiva para los saqueadores.
Para mediados del siglo XIX el uso de dientes humanos en dentaduras protésicas había disminuído.
En parte debido a la Ley de Anatomía de 1832, que otorgaban los permisos para mover cuerpos humanos, y en parte porque aparecieron en el mercado nuevos productos alternativos.
Fue en ese tiempo cuando llegó al mercado el diente de porcelana.
El joyero Claudius Ash hizo significativos avances en el área durante la década de 1830, cuando desarrolló sus "dientes tubo".
El siguiente gran progreso fue el reemplazo del marfil por la vulcanita a la hora fabricar las bases de las dentaduras. El material, un compuesto hecho de goma india, fue desarrollado por los hermanos estadounidenses Charles y Nelson Goodyear en 1840. Era relativamente barato, y muy rosado.
Sin embargo, los saqueadores siguieron trabajando duro en las guerras de Crimea y de Secesión americana y mantuvieron el suministro de los que, medio siglo después, los catálogos dentales seguían anunciando como dientes de Waterloo. La acuñación tenía tirón comercial.

* Curiosamente, la batalla de Waterloo no tuvo lugar en esta localidad. La mayor parte de la acción tuvo lugar unos pocos kilómetros al sur, en la localidad de Braine-l’Alleud et Plancenoit.

Fuentes: BBC Noticias y El Mundo

lunes, 16 de febrero de 2015

Los microenemigos que acabaron con el ejército de Napoleón

La invasión del Imperio ruso liderada por Napoleón en 1812 fue un punto de inflexión en el transcurso de las Guerras Napoleónicas. La campaña redujo a las fuerzas de invasión francesas y aliadas a menos del diez por ciento de su capacidad inicial.
En junio de 1812, la Grande Armée de Napoleón, formada por 691.500 hombres, el mayor ejército jamás formado en la historia europea hasta ese momento, cruzó el río Niemen y enfiló el camino de Moscú. En ese momento, la Grande Armée se componía de una fuerza central de asalto de 250.000 soldados bajo el mando personal del Emperador, otras dos líneas de frente bajo el mando de Eugène de Beauharnais (con 80.000 hombres) y Jérôme Bonaparte (con 70.000). Además, contaba con tropas austriacas, alemanas, polacas, italianas, españolas (con unos cinco mil soldados), portuguesas, suizas y croatas.
Napoleón decidió invadir Rusia para obligar al Zar a volver a aliarse con él en su bloqueo continental a Inglaterra. Sin embargo, lo que suponía que iba a ser una campaña rápida y sencilla se convirtió en una de las mayores catástrofes militares de la Historia: menos de 30.000 soldados napoleónicos sobrevivieron a la incursión que prácticamente supuso la destrucción de la Grande Armée.
El ejército francés cruzó toda Europa. Al pasar por Polonia, zona endémica del temible tifus, los soldados fueron presa de un engorroso ataque de piojos y garrapatas, cuyas picaduras se trataban con gasas impregnadas en vino o con malvavisco. En aquel momento se ignoraban las posibles consecuencias, pero con el paso de los días las picaduras se convirtieron en grandes erupciones en la piel. Los soldados intentaban aliviar los terribles picores que provocaban rascándose tan fuerte que se hacían heridas aún más grandes. Después, las altas fiebres se apoderaban de sus cuerpos provocando desvanecimientos. Cayeron más soldados enfermos que en la batalla.
Sabiendo que el enfrentamiento con los franceses en combate abierto supondría el sacrificio del ejército ruso, los generales rusos se vieron obligados a retirarse una y otra vez. Finalmente, se consiguió establecer una posición defensiva en Borodinó (tras un encontronazo sin resultados en Smolensk en agosto). La Batalla de Borodinó, el 7 de septiembre, fue el día más sangriento de combates en la historia humana (unos 125 muertos en un solo día) y se saldó con victoria francesa. Aquel día, Napoleón sufría fiebre.
Y además, el ejército estaba siendo objeto de los ataques de otro enemigo. Un enemigo tan poderoso como minúsculo, casi invisible, que no diferenciaba ningún bando, atacando a mansalva tanto a rusos como a soldados imperiales. Las picaduras de los piojos estaban dando sus frutos. Los propios oficiales, al rascarse, se esparcían por sus heridas, cada vez más abiertas, la munición de estos artrópodos: una miríada de bacterias penetraba en el torrente circulatorio y provocaba inflamaciones en los vasos sanguíneos, llegando a afectar a casi todos los órganos.
Después de Borodinó, el ejército francés ocupó la desolada Moscú y, después, inició la retirada.
Mapa de Charles Minard (1869) que muestra el movimiento, las pérdidas humanas
y la temperatura ambiental durante la campaña de Napoleón contra Rusia en 1812.
Fue una pesadilla: falta de abastecimiento, hambre, tifus, piojos y el despiadado invierno ruso, sembraron de cadáveres y moribundos la vasta estepa. “Los microbios son nuestros peores enemigos”, formularon los médicos franceses.  Recordándonos a Felipe II, el emperador afirmó “Vine a pelear contra hombres, no contra la Naturaleza”.
Fuentes:
http://blogs.20minutos.es/ciencia-para-llevar-csic/2014/07/02/los-microenemigos-que-acabaron-con-el-ejercito-de-napoleon/
http://es.wikipedia.org/wiki/Invasi%C3%B3n_napole%C3%B3nica_de_Rusia
http://es.wikipedia.org/wiki/Batalla_de_Borodin%C3%B3
http://es.wikipedia.org/wiki/Invasi%C3%B3n_napole%C3%B3nica_de_Rusia#mediaviewer/File:Minard.png
http://www.guntherprienmilitaria.com.mx/articulo43.html