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sábado, 30 de mayo de 2026

La sonrisa no significa alegría

Un estudio en Papúa Nueva Guinea sugiere que las expresiones faciales de las emociones no son universales.
El equipo del psicólogo español José Miguel Fernández Dols, de la Universidad Autónoma de Madrid, observó en las islas Trobriand que, por ejemplo, la sonrisa no se asocia a la alegría. “La interpretan como una invitación social, como la magia de la atracción”, explica.
La comunidad científica considera desde hace décadas (o siglos) que las expresiones faciales de las emociones no están determinadas por la cultura, sino que tienen un origen biológico y son universales. El padre de esta teoría es el psicólogo estadounidense Paul Ekman, asesor científico de la película Inside Out (titulada Del revés en España e Intensa Mente en Latinoamérica). El filme de Disney resume bien la llamada Tesis de la Universalidad, con cinco emociones cuyos gestos serían reconocibles por cualquiera de los 8.300 millones de habitantes de la Tierra: alegría, tristeza, enfado, miedo y asco.
Fernández Dols no está de acuerdo. Su equipo estudió las caras de decenas de deportistas olímpicos recibiendo la medalla de oro, de un centenar de personas teniendo un orgasmo, de 174 luchadores de judo ganando sus peleas, de aficionados al fútbol de celebración y hasta de 22 toreros en plena faena. Y su conclusión es que las expresiones faciales, como la sonrisa, son herramientas para la interacción social, más que una representación de una emoción básica interna.
“La industria de la felicidad mueve millones de euros y parte de que la sonrisa está detrás de la felicidad”, afirma Fernández Dols, en referencia a la maquinaria internacional de cursos, libros de autoayuda y otras formas de charlatanería. “Las expresiones faciales son estrategias interactivas. Los niños, cuando se caen, solo lloran cuando ven a su madre”, sostiene el psicólogo.
Las islas Trobriand son un archipiélago de atolones de coral sin electricidad ni agua corriente. Sus habitantes viven de la pesca y una rudimentaria agricultura. El psicólogo Carlos Crivelli, colega de Fernández Dols, y el antropólogo Sergio Jarillo, del Museo de Historia Natural de Nueva York, mostraron a 68 niños y adolescentes de las islas seis fotografías con las expresiones faciales prototípicas de alegría, tristeza, enfado, miedo y asco, más un rostro neutro. Hicieron lo mismo con 113 chavales de Madrid.
En Trobriand, solo el 58% de los chicos asoció la sonrisa a la alegría. El 46% acertó con la tristeza. El 31%, con el miedo. El 25%, con el asco. Y solo el 7% vinculó un rostro ceñudo al enfado. En Matemo, una isla perdida de Mozambique, los investigadores obtuvieron resultados similares. En Madrid, la inmensa mayoría de los participantes agrupó todas las emociones básicas con sus supuestas expresiones faciales universales. Las conclusiones del estudio se han publicado en la revista JEP: General, de la Asociación Estadounidense de Psicología.
“El concepto de emoción básica es popular, pero no necesariamente científico”, opina Fernández Dols. El psicólogo recuerda que en su libro The Book of Human Emotions, de la historiadora británica Tiffany Watt Smith, describe 156 emociones diferentes, como el awumbuk, una palabra de la cultura Baining de Papúa Nueva Guinea que se refiere a la sensación de vacío que dejan los invitados al irse. "En psicología empleamos el vocabulario de la calle. Es como si en física utilizaran palabras cotidianas para estudiar la mecánica newtoniana. La gente quiere Inside Out, pero la realidad, a lo mejor, es otra".

http://elpais.com/elpais/2016/08/18/ciencia/1471521949_375799.html?id_externo_rsoc=FB_CC
Imágenes:

domingo, 14 de abril de 2024

Las raíces de la estupidez

La mayoría de las personas, en un momento u otro, actuamos tontamente. Sin embargo, los individuos verdaderamente ignorantes muestran una falta de introspección y se aferran obstinadamente a sus opiniones, por muy irracionales que puedan ser.
Estas personas demuestran una seguridad inquebrantable en sí mismas y, a menudo, son completamente ajenas a sus propias insuficiencias. Elaboran justificaciones retrospectivas para validar sus creencias y aferrarse a ellas. Incluso cuando se les presentan oportunidades de crecimiento y cambio personal, parecen incapaces de liberarse de sus hábitos arraigados.
Razonar con personas testarudas puede resultar tan desconcertante como frustrante. Muchos lo han descartado como una tarea imposible. Como advirtió una vez el escritor estadounidense Mark Twain: “Nunca discutas con gente estúpida, te arrastrarán a su nivel y luego te ganarán por experiencia”.
Argumentar contra la estupidez sólo parece reforzarla. Estos individuos prosperan gracias al poder y el control, defendiendo su posición y negando su necedad, a pesar de innumerables contraargumentos.
A pesar de estos desafíos, todavía es posible influir en esas personas para que adopten un comportamiento más sensato. Todo comienza con la comprensión de las raíces de la estupidez.
Desde una perspectiva psicológica, la estupidez a menudo se considera el resultado de sesgos cognitivos o errores de juicio . Muchos psicólogos destacados atribuyen creencias irracionales y acciones tontas a nuestras limitaciones cognitivas. La investigación sobre la cognición humana y la toma de decisiones ha arrojado luz sobre por qué persisten estos sesgos. Revela que los humanos no son seres puramente racionales; cambian entre el pensamiento rápido e intuitivo y el pensamiento lento y racional según la situación.
Los neurocientíficos también han intervenido, señalando que los lóbulos frontales del cerebro, responsables del pensamiento racional, pueden ser anulados por la amígdala, un sistema más primitivo para procesar amenazas. Esta distinción entre toma de decisiones rápida y lenta implica que en situaciones de emergencia que requieren decisiones rápidas, el procesamiento de información más lento y deliberado a menudo se deja de lado.
Numerosos sesgos cognitivos pueden ayudar a explicar algunas de las decisiones sin sentido que toma la gente. Por ejemplo, las personas pueden ser susceptibles al sesgo de confirmación , donde prefieren información que se alinea con sus creencias preexistentes. También pueden sucumbir al “anclaje”, quedando demasiado influenciados por la primera información que reciben (el ancla), incluso cuando esta información resulte irrelevante o arbitraria.
El efecto del exceso de confianza es otro factor potencial en juego, que hace que las personas sobreestimen sus capacidades, conocimientos y la exactitud de sus creencias. También existe el fenómeno del pensamiento grupal , donde los grupos priorizan el consenso y la conformidad sobre la evaluación crítica, reduciendo su capacidad de juicio equilibrado.
Las decisiones erróneas también podrían ser el resultado de un error de atribución fundamental . Esto implica atribuir incorrectamente el comportamiento de los demás a factores internos, como la personalidad, en lugar de a factores externos, como las influencias situacionales. Además, la heurística de disponibilidad explica la tendencia a confiar en la información que nos viene a la mente de forma rápida y sencilla a la hora de tomar decisiones.
Si bien estos sesgos cognitivos no implican inherentemente estupidez, si no se abordan, pueden plantear riesgos importantes.
La estupidez en la era de la posverdad
En la era actual de la posverdad nos encontramos lidiando con un aluvión diario de discurso público que desdibuja la línea entre los hechos y la fantasía. Nos dejamos engañar por errores y mentiras, y las redes sociales parecen estar amplificando esa estupidez. De hecho, nuestra época actual puede caracterizarse como una época dorada de la tontería, ya que el auge explosivo de las redes sociales ha hecho que las locuras humanas sean más visibles que nunca.
Tendemos a subestimar el número de personas ignorantes que hay entre nosotros y la influencia que esas personas pueden ejercer sobre grupos numerosos. La peligrosa combinación de poder y estupidez puede trastornar la vida de innumerables personas. Desafortunadamente, mientras haya partidarios tontos que permitan a esos líderes, la gente se verá atrapada en el pantano de su propia tontería colectiva.
Una importante fuerza contraria a la estupidez colectiva es la presencia de salvaguardias institucionales. Los ciudadanos deben cultivar activamente una cultura cívica sólida, fomentando una sociedad en la que puedan ejercer influencia sobre su gobierno. Es necesario que existan leyes que disuadan sobre la propagación de información errónea y vías legales para contrarrestar las noticias falsas, especialmente cuando causan daño personal.
Al fin y al cabo, una iniciativa educativa más amplia puede evitar acciones tontas y contrarrestar el exceso de confianza y la arrogancia. Aunque presenta un desafío formidable, la educación puede llevar a las personas a descubrir y reconocer su propia ignorancia, fomentando una sociedad más reflexiva e informada que esté mejor equipada para enfrentar los peligros de la estupidez.

Versión de un artículo publicado en 
Imágenes: 

martes, 26 de marzo de 2024

Langer y mindfulness

Este fue el primer experimento que el equipo de Langer realizó para probar la unidad de cuerpo y mente. 
Allá por los años 80, se llevó a un grupo de personas de edad avanzada (mayores de 70 años) a pasar unos días a un lugar de retiro. Durante esos días, en ese lugar se recreó el mundo tal y como era 20 años antes y se forzó a los participantes a hablar en tiempo presente sobre los eventos del momento: las noticias, las películas, los libros, las series de televisión. Al grupo de control—otro grupo de abueletes—se les llevó al mismo sitio, pero a ellos se les pidió que hablaran de aquellos años y sus acontecimientos en tiempo pasado. Pues bien, las personas que actuaron como si fueran 20 años más jóvenes por unos días mejoraron de forma objetiva su visión, su audición, su memoria, su fuerza y se veían razonablemente más jóvenes en apariencia. 
Ellen Langer afirma que buena parte del deterioro que sufrimos al envejecer es producto de nuestras mentes. No dejamos de hacer cosas porque nos hacemos viejos sino que nos hacemos viejos porque dejamos de hacer cosas. 
Quizás no puedas hacer las cosas exactamente igual que las hacías antes, pero podrás suplir en parte tus carencias con tu sabiduría. 
Otro aspecto a considerar es que la gente que presta más atención y vive más en el presente saborea cada momento y no dedica tanto tiempo a pensar qué va a ser de ella dentro de 10 años o a recordar con nostalgia el pasado, lo cual produce angustia vital y estrés.
En otro experimento verdaderamente impactante, se dividió a un grupo de diabéticos en tres partes iguales. Al primer tercio se le pidió que jugase durante 15 minutos a un juego de ordenador cuyo reloj estaba trucado e iba el doble de rápido que el tiempo real. El reloj del ordenador del segundo tercio iba la mitad de rápido que el tiempo real y el del último tercio iba según el tiempo real. Pues bien, se demostró que el ritmo al cual su cuerpo gestionaba los picos de glucosa replicaba el tiempo percibido, no el real. 

domingo, 17 de marzo de 2024

El tiempo percibido tiene un efecto real en la curación física

El tiempo percibido tiene un impacto significativo en el tiempo real que lleva curar las heridas físicas, según una nueva investigación realizada por los psicólogos de Harvard Peter Aungle y Ellen Langer.
Su estudio, publicado a finales del mes pasado en Nature Scientific Reports , desafía las creencias convencionales sobre las influencias psicológicas en la salud física. Los hallazgos sugieren una gama más amplia de influencias psicológicas de lo que se aprecia actualmente.
Para completar su estudio, los autores utilizaron un procedimiento estandarizado para herir levemente a sujetos voluntarios. Luego, el tiempo percibido se manipuló en el laboratorio, y cada participante del estudio completó tres condiciones experimentales: tiempo lento (0,5 veces el tiempo real), tiempo normal (1 veces el tiempo real) y tiempo rápido (2 veces el tiempo real).
Se documentó que las heridas sanaban más rápido cuando los participantes creían que había pasado más tiempo. Asimismo, el proceso de curación resultó más lento cuanto menos tiempo se percibía. El tiempo real transcurrido fue el mismo en las tres condiciones.
Se están realizando más investigaciones para comprender mejor los mecanismos subyacentes y las implicaciones más amplias de estos hallazgos. Mientras tanto, el estudio presenta argumentos convincentes para incorporar más plenamente la idea de “unidad” mente-cuerpo en investigaciones posteriores sobre los efectos sobre la salud mente-cuerpo. En particular, se insta a los investigadores a considerar una gama más amplia de influencias psicológicas sobre la salud física.
Las influencias psicológicas sobre la salud física generalmente se entienden en términos de influencias sobre las emociones (como el estrés) y el comportamiento (por ejemplo, las creencias que promueven acciones saludables). Esta investigación sugiere que las creencias abstractas sobre cómo funcionan nuestros cuerpos también influyen directamente en la salud física.

sábado, 9 de marzo de 2024

Testigos

¿Quieren saber cómo es posible influir en la respuesta de un testigo e incluso modificar su recuerdo, sencillamente haciendo la pregunta de una manera o de otra? 
Déjenme que les cuente una investigación italiana de hace algunos años. A tres grupos de estudiantes de psicología —no niños, no incautos, sino estudiantes de psicología que sabían que estaban siendo sometidos a una prueba científica— les fue mostrada una filmación.
En esta filmación se veía a una señora que salía de un supermercado con un carrito; por detrás de la señora se acercaba un joven que agarraba una bolsita que estaba en el carrito y luego se iba corriendo.
A los tres grupos de estudiantes, con preguntas distintas, se les pidió que contaran lo que habían visto.
Al primer grupo se le hizo esta pregunta: «¿El ladrón ha tropezado con la señora?»
Al segundo grupo: «¿De qué manera el agresor ha empujado a la señora?»
A los estudiantes del tercer grupo se les preguntó sencillamente que contaran lo que habían visto.
Huelga decir que en la filmación no había ningún encontronazo ni ningún empujón. Yo creo que ya han intuido cuál fue el resultado del experimento. Entre los estudiantes del tercer grupo —al que se le había pedido simplemente que contara los hechos— sólo el diez por ciento, o un poco más, habló de un encontronazo o de un contacto físico entre la víctima y el agresor. Entre los estudiantes del segundo grupo —aquellos a quienes se les había planteado la pregunta más sugestiva— hubo casi un setenta por ciento de respuestas en las que se hablaba del encontronazo inexistente. Además, muchos enriquecían la narración con detalles sobre la manera, la violencia, la dirección del inexistente encontronazo.

Carofiglio Gianrico, Testigo Involuntario

viernes, 9 de febrero de 2024

Efecto placebo

En un estudio que realizaron Alia Crum y Ellen Langer de la Universidad de Harvard, se evaluó si la relación entre el ejercicio y la salud está mediada por cierto estado mental. 
Las investigadoras entrevistaron a más de ochenta camareras de habitación que trabajaban en siete hoteles diferentes. 
Las trabajadoras manifestaron que pensaban que realizaban poco o ningún ejercicio diario aun cuando en sus trabajos estas corrían diariamente por los hoteles donde trabajaban. 
Las científicas informaron a la mitad de las camareras que, debido a su trabajo, ya estaban cumpliendo o superando las recomendaciones de treinta minutos de ejercicio diario. 
Un mes después de esta primera entrevista, las mujeres que fueron informadas creían que estaban haciendo más ejercicio que nunca y todas ellas mostraron una disminución en el peso, la presión arterial, la grasa corporal, la relación cintura-cadera y el índice de masa corporal, e incluso desarrollaron una presión arterial más baja a pesar de que en realidad no hacían más ejercicio que antes. 
La otra mitad de trabajadoras que no fueron informadas que estaban cumpliendo o superando las recomendaciones de ejercicio diario no mostraron cambios significativos. 
Estos resultados sugieren que, si uno cree que está haciendo suficiente ejercicio, sí puede perder peso. Se piensa que esto ocurre a través del efecto placebo.

Leído en Por qué tenemos el cerebro en la cabeza, de Pedro Maldonado

martes, 9 de enero de 2024

Estereotipos, prejuicios y educación

Un ejemplo interesante sobre el impacto de la educación y los estereotipos lo encontramos en un estudio de tres investigadores del departamento de psicología de la Universidad de Arizona, Michael Johns, Toni Schmader y Andy Martens. 
En este estudio tomaron a tres grupos de niñas y niños de características similares 
Al primer grupo de niños y niñas se les hizo un examen que se les presentó explícitamente como un examen de Matemáticas. Después de analizar los resultados, observaron que los niños tuvieron un mejor rendimiento en esta prueba. 
Seguidamente, estos investigadores realizaron la misma prueba con un segundo grupo de niñas y niños, pero en esta oportunidad no mencionó la palabra matemáticas; solamente les informaron de que era un ensayo de resolución general de problemas. 
En este caso, niños y niñas tuvieron exactamente el mismo rendimiento. 
Más interesante aún, los investigadores tomaron un tercer grupo de niños y niñas, realizando la misma prueba: esta vez, sin embargo, se les informó, como la primera vez, que este era una prueba de Matemáticas, pero también se les advirtió sobre el prejuicio infundado de que las niñas eran peores para las Matemáticas que los niños. 
Como resultado de esta intervención, el rendimiento de la prueba fue similar entre niños y niñas. 
Este estudio ejemplifica bastante bien el potencial impacto de la intervención social sobre el rendimiento en tareas cognitivas, y cómo la manifestación de capacidades intrínsecas en niños y niñas se ven enmascaradas por nuestros prejuicios culturales.

Leído en Pedro Maldonado: Por qué tenemos el cerebro en la cabeza.

martes, 26 de enero de 2021

Ora pro nobis

Carl Sagan en su libro El mundo y sus demonios, afirma que en las salas de espera de los hospitales se producen más curaciones espontáneas que en Lourdes.

El 82% de los estadounidenses cree que rezar puede curar las enfermedades graves, un 73% cree que rezar por otras personas puede curar una enfermedad y el 64% desea que los médicos recen por ellos. No conozco estadísticas similares para España pero mucho me temo que los resultados no serían muy distintos.

En 1872, Francis Galton, primo de Darwin, fue el primero en analizar científicamente la eficacia del rezo. Comprobó que cada domingo, en iglesias de toda Inglaterra, congregaciones completas rezaban públicamente por la salud de la familia real. Su hipótesis era que, de ser efectiva la plegaria, los reyes deberían vivir más que otros grupos comparables. Sus estadísticas demostraron que los soberanos vivían menos tiempo que los miembros de la alta burguesía.

Más recientemente, en el año 2005, el físico Russell Stannard (un reconocido científico creyente británico) lanzó una ambiciosa iniciativa (financiada por la todopoderosa Fundación Templeton) para someter a prueba experimentalmente la efectividad de la oración.
https://www.theatlantic.com/photo/2019/12/2019-photos-wrapping-up-the-year/602857/
Bajo el liderazgo del cardiólogo Hebert Benson, un equipo de investigadores monitorizó a mil ochocientos dos (1.802) pacientes en seis hospitales, a todos se les había practicado cirugía coronaria de bypass.

Los pacientes fueron divididos en tres grupos. El grupo Uno recibió rezos sin saberlo. Por el grupo Dos (el grupo de control) nadie rezó. El grupo Tres recibió rezos y todos sus miembros sabían que se rezaba por ellos. La comparación entre los grupos Uno y Dos examina la eficacia de la plegarias. Los resultados del grupo Tres proporciona los posibles efectos psicosomáticos de saber que están rezando por uno.

Los rezos fueron hechos por las congregaciones de tres iglesias; una en Minnesota, una en Massachusetts, y una en Missouri; todas distantes de los tres hospitales. A los individuos que rezaban se les dio únicamente el nombre y la primera letra del apellido de cada paciente por el que debían rezar y se les dijo que incluyeran en sus plegarias, la frase: “por una exitosa cirugía con una rápida y saludable recuperación sin complicaciones”. Todo muy pautado.

Los resultados, publicados en la revista científica American Heart Journal de abril de 2006, fueron claros. No existió diferencia entre aquellos pacientes por quienes se rezó y aquellos que no recibieron rezos. Sin embargo, y esto es lo más curioso, sí existió una diferencia entre aquellos que sabían que se estaba rezando por ellos y los que no sabían si se estaba rezando o no por ellos: aquellos que sabían que eran beneficiarios de los rezos, sufrieron significativamente más complicaciones que los demás.


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¿Se enfadó Dios por la duda expresada en el estudio? ¿Quiso castigar a los científicos por haberse gastado dos millones y medio de dólares en una estupidez? Puede que sí, pero parece más probable que los pacientes que sabían que se estaba rezando por ellos sufrieran un estrés adicional, “ansiedad de desempeño”, como dijeron los experimentadores. El doctor Charles Bethea, uno de los investigadores, dijo: “Puede haberles producido incertidumbre, al hacerles pensar: ¿estoy tan enfermo que tuvieron que llamar a todo un equipo de orantes?”

Así que, si enfermo, ingrésame en un buen hospital y reza por alguien que se lo merezca. ;)

Dawkins, Richard: El espejismo de Dios, Espasa, Barcelona, 2012
https://www.xatakaciencia.com/otros/rezar-no-cura-confirmado
https://www.bbc.com/mundo/noticias/2012/03/120320_muamba_poder_oracion_cr
https://www.tendencias21.net/Dos-nuevos-estudios-analizan-los-efectos-de-la-oracion-sobre-la-salud_a949.html
1 Esta foto proporcionada por la NASA muestra el ojo del huracán Dorian, visto desde la Estación Espacial Internacional el 2 de septiembre de 2019.
2 https://www.facebook.com/pg/Toilet-Paper-Magazine-251769511528448/photos/?ref=page_internal


miércoles, 8 de enero de 2020

Hasta la última gota de nuestra sangre

¿Catalán o español? ¿andaluz o gaditano? ¿del Madrí o del Barsa?
¿Qué somos? ¿dónde estamos? ¿hay vida más allá del procés?
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 La identidad es, en términos generales, la concepción y expresión que tiene cada persona acerca de su individualidad y acerca de su pertenencia o no a ciertos grupos. Nos clasificamos en categorías, grupos, colores y hasta marcas, pero siempre nos queda la duda de qué hubiese sido de nosotros de producirse pequeños cambios en nuestra vida: en cuestión de pocos kilómetros, o incluso metros, puedes nacer en Villarriba o en Villabajo, en una nación o su enemiga. Si esto es así, cómo somos capaces de integrarnos en una u otra, qué hace que derramemos hasta la última gota de nuestra sangre por defender un pedazo de tierra, que estemos en distintas barricadas peleando por trapos de color de distinto tono.
Henri Tajfel (1919-1982) fue un psicólogo social británico de origen polaco conocido por ser el principal creador de la Teoría de la Identidad Social, que propone que la gente tiene una tendencia innata a categorizarse a sí misma en grupos excluyentes (“ingroups”), construyendo una parte de su identidad sobre la base de su pertenencia a ese grupo y forzando fronteras excluyentes con otros grupos ajenos a los suyos (“outgroups”).
Tajfel realizó una serie de experimentos sobre la discriminación intergrupal en la ciudad de Bristol, en 1970. La idea de Tajfel surgió de un amigo esloveno que hablaba sobre los estereotipos que existían sobre los inmigrantes bosnios (la región más pobre de la antigua Yugoslavia).
Sus experimentos se centraron en el comportamiento de un individuo hacia los miembros del grupo propio y los miembros de un grupo extraño. Los realizó con chicos de catorce y quince años de una escuela de Bristol. Todos se conocían entre sí antes de que fueran, en grupos de ocho, al laboratorio de Tajfel. Allí se les pasó un test de «agudeza visual»: racimos de puntos fueron proyectados en una pantalla y se les pidió que calcularan el número de puntos de cada racimo. Después de hacer esa tarea, se les dijo a los chicos que algunas personas tendían a calcular por debajo, y otras por encima, el número de puntos. Entonces, después de que sus hojas de respuestas fueran ostensiblemente «puntuadas», los chicos fueron llevados de uno en uno a otra habitación y se les dijo, de forma privada, a qué grupo pertenecían, si al de los sobrestimadores o al de los subestimadores.
La asignación de grupo fue completamente aleatoria: la mitad de los chicos fueron incluidos en un grupo y la otra mitad al otro. Su actuación en el test de los puntos no tuvo nada que ver.
El experimento real comenzó inmediatamente después de haberles dado esa información falsa.
Cada chico fue instalado en una cabina individual y se le pasó una «hoja de recompensas» para que la rellenara. Se le pidió que decidiera cuánto dinero se le debería pagar a varios de sus compañeros por participar en el experimento. Los compañeros solo fueron identificados por el número y el grupo. Por ejemplo, un chico al que se le hubiera dicho que era un sobrestimador se le pediría que escogiera, entre una lista de varias opciones, cuánto dinero se le debería dar al «miembro número 4 del grupo sobrestimador» y cuánto al «miembro número 53 del grupo subestimador». Cualquiera que fuese su opción —eso se decía claramente en las instrucciones— no afectaría en nada a su propio "sueldo".
Los chicos no sabían los nombres de los compañeros que estaban en su propio grupo y cuáles en el otro ni conocían la identidad de las personas a las que les asignaban los pagos (solo un número). Sin embargo, dieron más dinero a los miembros de su grupo que a los del otro. Parecían estar más motivados para pagar menos a los miembros del otro grupo y pagar más a los del propio.
Este experimento demostraba qué poco se necesita para evocar lo que Tajfel llamaba «grupalidad». No se requiere una historia de amistad con uno de los miembros del grupo o un conflicto con los miembros del otro. Tampoco se precisa un territorio por el que luchar. Ni diferencias visibles en la apariencia o en la conducta. Ni siquiera es necesario saber quiénes son tus compañeros de grupo. «El mero hecho de la división en grupos es suficiente para disparar la conducta discriminatoria.»
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Tajfel también estudió la forma en que creamos categorías y cómo estas afectaban a nuestros prejuicios. Los resultados de sus experimentos mostraron la predisposición a presuponer que todos los elementos de una categoría (todos los “franceses” o todos los “catalanes”) eran más similares entre ellos de lo que realmente lo eran, y, en la misma línea, que los pertenecientes a categorías distintas inflaban las desigualdades, en muchos casos inexistentes (por ejemplo, exagerando las diferencias entre “catalanes” y “españoles”).

https://es.wikipedia.org/wiki/Henri_Tajfel
https://www.facebook.com/pg/Toilet-Paper-Magazine-251769511528448/photos/?ref=page_internal
1 https://www.juxtapoz.com/news/installation/neil-farber-charlie-roberts-hirosuke-yabe-give-depth-and-humor-richard-heller-gallery/
2 https://www.juxtapoz.com/news/photography/mark-mahaney-s-polar-night/


sábado, 3 de agosto de 2019

No somos tan especiales. El comportamiento moral de los animales

El primatólogo Frans de Waal estudia desde hace décadas la capacidad natural para empatizar entre primates. Sus investigaciones incluyen la interpretación y el análisis científico de las raíces de la compasión, la empatía, el altruismo, y las relaciones humanas pacíficas. Todo esto le ha conducido a la conclusión de que los grandes monos y los seres humanos son simplemente tipos diversos de monos, y que hay poca diferencia entre estas especies.
Su libro, El mono que llevamos dentro, examina el comportamiento humano a través de los ojos de un primatólogo, usando el comportamiento de chimpancés y de bonobos comunes como metáforas para la psicología humana.

En una de sus investigaciones más conocidas instaló a dos monos capuchinos en dos jaulas adyacentes, de modo que cada uno pudiera ver todo lo que el otro hacía. De Waal y sus colegas pusieron piedras pequeñas dentro de ambas jaulas y adiestraron a los monos para que les dieran dichas piedras. 

Cada vez que un mono daba unapiedra, recibía comida a cambio. Al principio, el premio era un trozo de pepino. Esto complacía mucho a los dos monos, y comían alegremente el pepino. Un tiempo después, De Waal pasó a la siguiente fase del experimento. Esta vez, cuando el primer mono dio una piedra, obtuvo una uva. 

Las uvas son mucho más sabrosas que los pepinos. Sin embargo, cuando el segundo mono dio una piedra, siguió obteniendo un trozo de pepino. El segundo mono, que previamente había estado muy contento con el pepino, se enfureció. Cogió el trozo de pepino, lo contempló incrédulamente un momento, lo lanzó enfadado contra el científico y empezó a saltar y a chillar a voz en grito. No era un incauto.

De hecho, el propio de Waal nos dice que, al repetir la experiencia con otras parejas de monos, hubo casos en los que el mono premiado con la uva la rechazó hasta que el otro no obtuvo una.*

Este hilarante experimento y otros con resultados parecidos han hecho que muchos científicos crean que los primates poseen una moralidad natural, y que la igualdad es un valor universal e intemporal.

* https://www.ted.com/talks/frans_de_waal_do_animals_have_morals?language=es#t-947698
https://es.wikipedia.org/wiki/Frans_de_Waal
Harari, Yuval Noah: Homo Deus. Breve Historia del Mañana. Ed. Debate. Barcelona. 2016.
https://thisisnthappiness.com/post/186540166149/love-this-song

jueves, 9 de noviembre de 2017

Las redes sociales

En el invierno de 1906, la revista británica Punch publicó una viñeta humorística sobre el futuro de la tecnología. Bajo el título, "Pronósticos para 1907", una caricatura en blanco y negro mostraba a una típica pareja burguesa de la época sentada en un parque londinense. El hombre y la mujer están separados el uno del otro con antenas que sobresalen de sus sombreros. En sus piernas hay pequeñas cajas negras, escupiendo cintas de teletipo. Una leyenda dice: "Estas dos personas no se están comunicando entre sí. La mujer recibe un mensaje de amor y el caballero, resultados de las carreras".


El dibujante se decantaba por el humor; hoy la imagen parece profética. Un siglo después de su publicación, Steve Jobs dio a conocer el primer iPhone. Hoy, gracias a él, podemos sentarnos en los parques y no solo recibir mensajes de amor y resultados de carreras, sino que podemos conocer todo el saber del mundo con un solo dedo, escuchamos buena parte de las canciones grabadas en todo el mundo y nos comunicamos instantáneamente con todas las personas que conocemos.

Más de dos mil millones de personas tienen ahora esa magia al alcance de la mano que está cambiando la forma en la que hacemos innumerables cosas, desde tomar fotos hasta pedir un taxi. Sin embargo, los móviles también nos han cambiado, han transformado nuestra naturaleza de manera elemental, han modificado  la forma en que pensamos e interactuamos.

La evidencia de este cambio se concreta en un creciente cuerpo de investigación de psiquiatras, neurocientíficos, especialistas en marketing y expertos en salud pública. Lo que muestran estos estudios es que los móviles están causando un daño real a nuestras mentes y a nuestra forma de relacionarnos, se está reduciendo la capacidad media de atención, la capacidad intelectual y las horas dedicadas a las relaciones directas con familiares y amigos. En los niños están creciendo de forma alarmante los casos de TDAH (en los Estados Unidos, un 43% en los últimos diez años) y los suicidios de adolescentes (que se han multiplicado por dos en ese mismo periodo de tiempo).
En España los últimos estudios corroboran estos datos: en la última década han aumentado de forma alarmante los casos de TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad)*

En ninguna parte es más evidente la creciente conciencia del problema con los teléfonos inteligentes que en los centros californianos donde fueron creados. El año pasado, antiguos empleados de Google, Apple y Facebook, incluidos antiguos altos ejecutivos, comenzaron a dar la voz de alarma sobre los teléfonos inteligentes y las redes sociales, advirtiendo especialmente sobre sus efectos en los niños. Chris Marcellino, que ayudó a desarrollar las notificaciones automáticas del iPhone en Apple, dijo a The Guardian el otoño pasado que los teléfonos inteligentes enganchan a las personas del mismo modo que los juegos de azar y las drogas. Sean Parker, ex presidente de Facebook, admitió recientemente que la red social fue diseñada para enganchar a los usuarios: "Se está explotando una vulnerabilidad en la psicología humana", dijo. "[Los creadores] sabíamos esto, conscientemente, pero lo hicimos de todos modos".

Ninguno de los denunciantes ha sido más ruidoso que Tristan Harris, un ex gerente de Google, que ha pasado los últimos años de su vida diciéndole a la gente que use menos las tecnologías que él ayudó a crear, a través de una organización sin fines de lucro llamada Time Well Spent, que busca concienciar a los consumidores sobre los peligros de esta nuevas tecnologías.

El primer ministro canadiense, Justin Trudeau, se reunió con Harris en la Cumbre Global Progress en Montreal. Este diciembre, el gobierno francés ha decidido que, a partir del próximo septiembre, todos los teléfonos móviles estarán prohibidos en las escuelas francesas, incluso entre clases y durante las pausas para el almuerzo. "Debemos encontrar una manera de proteger a los alumnos de la pérdida de concentración a través de pantallas y teléfonos", dijo el ministro de educación, Jean-Michel Blanquer.

Es importante que tengamos en cuenta que, a diferencia de los televisores y los ordenadores de escritorio, que por lo general están relegados a un cuarto en casa, los teléfonos inteligentes nos acompañan a todos lados. Y nos conocen. Lo que aparece en el suministro de noticias de nuestro iPhone y sus aplicaciones de redes sociales se seleccionan mediante algoritmos para llamar nuestra atención.

Los teléfonos inteligentes están "usando literalmente el poder de computadoras de miles de millones de dólares para descubrir qué ofrecerte", dijo Harris. Por eso no puedes apartar la mirada.

Para garantizar que nuestros ojos permanezcan firmemente pegados a nuestras pantallas, nuestros teléfonos inteligentes y los mundos digitales a los que nos conectan se han convertido en pequeños virtuosos de la persuasión, engatusándonos para que los revisemos una y otra vez, y durante más tiempo de lo que pensamos. Los usuarios promedio miran sus teléfonos unas 150 veces al día, según algunas estimaciones, y casi el doble de lo que creen que hacen, según un estudio de 2015 de psicólogos británicos.  Los usuarios de América del Norte pasan entre tres y cinco horas al día mirando sus teléfonos. Como señala el profesor de marketing de la Universidad de Nueva York, Adam Alter, eso significa que a lo largo de una vida media, la mayoría de nosotros pasaremos unos siete años inmersos en nuestros móviles. En España, un estudio de 2016 afirmaba que el 42% de los usuarios españoles no pasa más de 60 minutos sin consultar mensajes de Whatsapp, y corrobora los resultados británicos, ya que se afirma que cada persona consulta su móvil un promedio de 150 veces al día.**

Algunas de las vulnerabilidades mentales que los teléfonos inteligentes explotan son obvias, otras contradictorias. Por ejemplo, los principios de "recompensas variables" y del condicionamiento operante. Descubiertos por el psicólogo Burrhus Frederic Skinner en una serie de experimentos con ratas y palomas, predicen que es más probable que las criaturas busquen una recompensa si no están seguros de la frecuencia con que se repartirán: en sus experimentos, las palomas, por ejemplo, picoteaban un botón para obtener comida con más frecuencia si la comida se distribuía de manera irregular en vez de a intervalos fijos. Skinner consideró que este es el mecanismo básico del juego y su capacidad de "engancharnos". Es evidente que Facebook*** (sobre todo) y otras redes sociales hacen un uso sistemático de este modelo para hacerlas más adictivas.

Y esta dependencia también afecta a nuestra capacidad de concentración. En 2015, Microsoft Canada publicó un informe que indicaba que el lapso promedio de atención humana se había reducido de 12 a 8 segundos entre 2000 y 2013. Estamos hablando de una reducción mayor del 33% ¡en 13 años! Si estos datos son reales es para preocuparse. Sin embargo,  John Ratey, profesor asociado de psiquiatría en la Facultad de Medicina de Harvard y experto en trastorno por déficit de atención, dijo que el problema en realidad está empeorando. "No estamos desarrollando las habilidades de atención de nuestro cerebro tanto como solíamos hacerlo", dijo. De hecho, Ratey ha señalado una clara similitud entre sus pacientes TDAH y lo que está ocurriendo a los usuarios de los teléfonos móviles: los síntomas son "absolutamente iguales", dijo.

Un estudio reciente de estudiantes de secundaria chinos encontró algo similar. Entre más de 7.000 estudiantes, la utilización habitual de teléfonos móviles se encontró "significativamente asociada" con los niveles de falta de atención observados en personas con trastorno de déficit de atención.

La distracción continua que generan los móviles también tiene consecuencias en nuestra capacidad intelectual.  En un estudio de 2014, se descubrió que los trabajadores de una empresa británica que realizaba múltiples tareas en medios electrónicos perdieron la misma cantidad de cociente intelectual que las personas que habían fumado cannabis o habían perdido la noche de sueño.

Y, curiosamente, esto afecta incluso a las personas que son disciplinados con el uso de su teléfono inteligente. Eso es lo que descubrieron Adrian Ward y sus colegas en la escuela de negocios de la Universidad de Texas en un experimento el año pasado. Hicieron que tres grupos de personas realizaran una prueba que requería su plena concentración. Un grupo tenía sus teléfonos boca abajo sobre la mesa, otro los tenía en sus bolsos o bolsillos y el último grupo los dejó en otra habitación. A ninguno de los estudiantes se le permitió mirar sus dispositivos durante la prueba. Pero aún así, cuanto más cerca estaban los teléfonos, peor funcionaban los grupos. Esto es, la mera presencia de un teléfono inteligente reduce la capacidad cognitiva disponible y deteriora el funcionamiento cognitivo, a pesar de que las personas crean que están poniendo toda su atención en la tarea que realizan. “Su mente no está pensando en su teléfono, pero ese proceso, el proceso de exigir que no piense en algo, utiliza algunos de sus recursos cognitivos limitados, es una fuga cerebral." Los experimentos se realizaron sobre un total de 800 personas y los resultados fueron siempre los mismos:  no importaba si el teléfono estaba encendido o apagado, o si estaba boca arriba o boca abajo sobre un escritorio. Tener un teléfono inteligente a la vista o de fácil alcance reduce la capacidad de una persona para concentrarse y realizar tareas porque parte de su cerebro está trabajando activamente para no recoger o utilizar el teléfono.

A los 10 años de su invención, en ninguna parte el poder alienante de los teléfonos inteligentes es más problemático que en la relación entre padres e hijos. En pocas palabras, los teléfonos inteligentes están haciendo que las madres y los padres presten menos atención a sus hijos y podrían estar causando daños emocionales. Diversos estudios en Canadá y en los Estados Unidos han detectado el cada vez mayor número de mujeres que envían mensajes de texto y navegan con sus teléfonos mientras amamantan, rompiendo el contacto visual con su bebé. Encontrarse con la mirada, dicen diversos analistas, es "un lenguaje silencioso entre el bebé y la madre".


La deriva digital también afecta a las relaciones familiares. El Centro para el Futuro Digital, un grupo de expertos estadounidense, descubrió que entre 2006 y 2011, la cantidad promedio de horas que las familias estadounidenses pasaron juntas al mes disminuyó en casi un tercio, de 26 a alrededor de 18.  Según otro estudio, casi en el 75 por ciento de los casos, los adultos utilizaban dispositivos móviles durante la comida con sus hijos. Se considera, con razón , que "esto puede generar en ellos sentimientos de inseguridad, de rabia y la creencia de que no son importantes en la vida de sus padres”, y se les da a entender a los pequeños que los momentos de compartir en familia no son importantes y que no es necesario respetar la presencia del otro.

La tecnología mueve miles de millones de euros por las compañías más poderosas del mundo. Miles de millones de personas usamos esa tecnología que nos hace la vida más cómoda, sí, pero que está resultando tremendamente impactante en nuestra sociedad actual. Estamos aprendiendo que estas nuevas tecnologías no son inofensivas. Es necesario regular su uso ¿o no? porque ¿es posible regular su uso?



*** Facebook cuenta, desde junio de 2017, con más de 2000 millones de usuarios. https://crearcomunidad.com/2017/06/29/cuantos-usuarios-tiene-facebook-2/

https://www.theglobeandmail.com/technology/your-smartphone-is-making-you-stupid/article37511900/
https://yourot.com/parenting-club/2017/5/24/what-are-we-doing-to-our-children 
https://www.architecturendesign.net/satirical-illustrations-show-our-addiction-to-technology/ 
https://www.comunicae.es/nota/aumentan-en-espana-los-casos-de-ninos-que_1-1188722/ 
http://www.abc.es/tecnologia/moviles/aplicaciones/abci-cuantas-veces-miramos-espanoles-nuestros-moviles-201607181756_noticia.html 
https://entusiasmado.com/telefono-inteligente-te-menos-inteligente/ 
http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-14708103 

lunes, 20 de marzo de 2017

Profecía autocumplida


Una profecía autocumplida consiste en una predicción que suscita un comportamiento tal en las personas que terminará provocando efectivamente el resultado que, según se había pronosticado, habría de producirse por otras causas. Los individuos creen erróneamente que la realidad precede a su creencia cuando es su creencia —infundada, por cierto— lo que da forma a la realidad.
El concepto de Robert K. Merton de profecía que se autorrealiza deriva del teorema de Thomas, que dice que "si una situación es definida como real, esa situación tiene efectos reales".
En otras palabras, la gente no reacciona simplemente a cómo son las situaciones, sino también, y a menudo principalmente, a la manera en que perciben tales situaciones, y al significado que le dan a las mismas. Por tanto, su comportamiento está determinado en parte por su percepción y el significado que atribuyen a las situaciones en las que se encuentran, más que a las mismas situaciones "materiales o reales". Una vez que una persona se convence a sí misma de que una situación tiene un cierto significado, y al margen de que realmente lo tenga o no, adecuará su conducta a esa percepción, con consecuencias en el mundo real.
En un experimento clásico muy conocido, Robert Rosenthal y Lenore Jacobson seleccionaron al azar estudiantes en una escuela de primaria, después de realizarles  una serie de tests de inteligencia. Sin embargo,  indicaron a sus profesores que, debido a las altas capacidades de los alumnos elegidos, tendrían grandes mejoras académicas durante el curso. El análisis de los resultados académicos y las mediciones de los tests realizados ocho meses después, demostró que el rendimiento de los alumnos elegidos durante el curso mejoró considerablemente. En el aula se dio lo que se conoce en psicología como profecía autocumplida, es decir, las creencias del profesor acerca de las capacidades de sus alumnos originaron conductas que el mismo profesor esperaba. No sólo las expectativas positivas o negativas del docente pueden afectar al comportamiento del alumno sino que, además, pueden afectar al nivel intelectual del mismo.


http://www.obrienillustration.com/

sábado, 7 de enero de 2017

Los monos y las bananas

En 1967 un equipo de científicos liderado por Stephenson realizó el siguiente experimento: encerraron a cinco monos en una jaula, en cuyo centro situaron una escalera con unas apetitosas bananas en lo más alto.
El mono más espabilado y rápido enseguida se aventuró a subir los peldaños para hacerse con el botín. En ese mismo instante, los científicos rociaron al resto de los monos, que estaban en el suelo, con chorros de agua helada.
Al cabo de poco tiempo, los monos dedujeron que cada vez que uno de ellos subía a por las bananas, los que quedaban abajo recibían, como castigo, el chorro de agua fría.
Como resultado del aprendizaje, cada vez que alguno hacía el ademán de subir por la escalera, el resto se lanzaba encima del aventurero y se ensañaban con él para disuadirle de que llevase a cabo su hazaña.
Con el tiempo ninguno de los monos se atrevía a subir la escalera, a pesar de la tentación de las bananas.
En ese momento, los científicos decidieron cambiar a uno de los monos. El recién llegado, al ver las fantásticas frutas, se dispuso a subir la escalera. El resto de los monos lo bajaron rápidamente, propinándole una buena paliza. Después de intentarlo en otras ocasiones y recibir palizas una y otra vez, el nuevo integrante del grupo cesó en su empeño, pese a que nunca entendió el porqué de tantos golpes.
Un segundo mono fue sustituido, y ocurrió exactamente lo mismo. En esta ocasión, el primer sustituto se apuntó con entusiasmo a propinarle la paliza al novato.
Los científicos fueron cambiando uno a uno a los monos hasta que no quedó ninguno de los originales. Cinco monos que habían cejado en su empeño de subir a por las bananas, y que además golpearían al que se atreviese a ir a por ellas, a pesar de no haber recibido jamás un chorro de agua fría.
Ninguno de ellos conocía, por tanto, la razón por la que "no se podía" subir la escalera.
Este experimento ratifica lo que la experiencia (ver la entrada de Los elefantes) la teoría política (el concepto de la hegemonía de Gramsci resulta incómodamente cercano) y otras experiencias de psicología social  (ver Indefensión aprendida) habían subrayado: las tradiciones, percepciones, explicaciones, valores y creencias de un grupo llegan a ser vistos como leyes de validez universal o de referencia en la sociedad cuando no son más que costumbres y normas instauradas por el uso y por su eficacia como instrumento de control.

Fernández-Vidal, Sonia: Desayuno con partículas. Plaza y Janés. Barcelona. 2013

viernes, 30 de diciembre de 2016

El sesgo de confirmación

http://www.swiss-miss.com/2016/09/unusual-backpack.html
En 1979, un equipo de la Universidad de Stanford llevó a cabo un experimento con sujetos que tenían una opinión muy formada sobre la pena capital, con la mitad de ellos a favor y la mitad en contra.
Cada uno de estos sujetos leyó las descripciones de dos estudios: una comparación de los estados de los Estados Unidos con y sin pena de muerte y una comparación de las estadísticas de asesinatos en un estado antes y después de la introducción de la pena de muerte. Tras una lectura rápida de la descripción de cada estudio, se les preguntó a los sujetos si sus opiniones habían cambiado. Después leyeron una relación mucho más detallada del procedimiento de cada estudio y tuvieron que considerar en qué medida consideraban bien elaborada y convincente la investigación. 
De hecho, los estudios eran ficticios. A la mitad de los sujetos se les dijo que una clase de estudio apoyaba el efecto disuasorio y que el otro lo había minado, mientras que a otros sujetos se les presentaron las conclusiones cambiadas.
Los sujetos, tanto los defensores como los detractores, relataron un ligero cambio en sus posiciones en la dirección del primer estudio que habían leído. Una vez que leyeron las descripciones más detalladas de los dos estudios, casi todos volvieron a sus creencias originales, independientemente de las pruebas aportadas, resaltando los detalles que apoyaban su punto de vista y desatendiendo cualquier detalle contrario. Los sujetos describieron los estudios que apoyaban su punto de vista preexistente como superiores a aquellos que lo contradecían, de modo detallado y específico. Escribiendo sobre un estudio que pareció minar el efecto disuasorio, un defensor de la pena de muerte escribió: «La investigación no cubrió un período lo suficientemente largo de tiempo», mientras que un detractor comentó sobre el mismo estudio: «No hay ninguna prueba fuerte que pueda contradecir las investigaciones que se han presentado».
Los resultados ilustraron que la gente establece estándares más altos en las pruebas para hipótesis que están en contra de sus expectativas vigentes. Este efecto, conocido como «sesgo de desconfirmación», ha sido apoyado por otros experimentos, como el de Taber y Lodge (2006)
Antes de las investigaciones actuales, el fenómeno ya había sido observado de manera anecdótica por escritores, como el historiador griego Tucídides, que escribió en Historia de la Guerra del Peloponeso: «Pues los hombres tienen por costumbre (…) rechazar con razonamientos lo que no les gusta».
https://www.instagram.com/p/BOWS3bTglgj/
También, un pequeño cambio en la formulación de una pregunta puede afectar al modo en el que se busca entre la información disponible y las conclusiones que se alcanzan. 
Eldar Shafir (de la Universidad de Princeton) lo demostró en 1993 usando un caso ficticio de custodia infantil. 
Los sujetos leyeron de múltiples maneras que el padre A era razonablemente adecuado para ser el tutor. El padre B tenía una mezcla de cualidades destacadas positivas y negativas: una relación cercana con el niño pero a su vez un trabajo que le alejaría de él durante períodos largos. Cuando preguntaron «¿Qué padre debería tener la custodia del niño?», el sujeto buscó atributos positivos y una mayoría escogió al padre B. Sin embargo, cuando la pregunta era «¿a qué padre se le debería negar la custodia del niño?» buscaron atributos negativos y de nuevo una mayoría contestó que el padre B, lo que implicaba que el padre A debería tener la custodia.

Imágenes y fuentes: