miércoles, 11 de noviembre de 2009

Los niños durante la Revolución Industrial




Siempre tenemos la tendencia a entender la evolución humana y el desarrollo económico como un avance, un progreso humano, en el que hombres y mujeres han ido, desde la prehistoria hasta la época contemporánea, mejorando sus condiciones de vida. Esta visión decimonónica del progreso es, básicamente, falsa. Las poblaciones prehistóricas (sobre todo, las del Paleolítico Superior) vivían más y mejor que los romanos... y que los trabajadores europeos del XIX.
El trabajo en las fábricas implicaba jornadas de 12 a 16 horas, con ruidos estridentes y continuos procedentes de las máquinas, el humo, el polvo de algodón o de las partículas de metal o ceniza que hacían el aire irrespirable, sin ninguna seguridad, con accidentes frecuentes y sin otro descanso que los domingos. Hombres, mujeres y niños de corta edad trabajaban por igual, las mismas jornadas y en los mismos ambientes viciados. La única diferencia radicaba en el sueldo: las mujeres cobraban entre el 30% y el 60% del salario de un varón.

Los niños cobraban menos (aunque su paga variaba dependiendo de la edad, del tipo de industria y de su función) y sufrían los malos tratos continuos de los capataces. "Cuando estuve en Oxford Road, Manchester, observé la salida de los trabajadores... los niños, casi en su totalidad, tenían aspecto enfermizo; eran pequeños, enclenques y todos iban descalzos. Muchos parecían no tener más de siete años... Seres humanos achaparrados, debilitados y depravados... niños que nunca llegarán a ser adultos... Era un espectáculo lúgubre" (Charles Turner Thackrah, 1832). Charles Dickens (1812-1870) retrató este sórdido mundo de la explotación infantil; lo conoció de cerca, él mismo tuvo que trabajar de aprendiz en una fábrica a los 12 años.
En España, el Informe de L. Aner, presentado ante la Comisión de Reformas Sociales,en 1883, señalaba que "la edad de seis años para empezar a trabajar es la general, no sólo en Cataluña sino en los demás centros fabriles de España, como Alcoy, Málaga, Granada, Antequera, Valencia y Valladolid. En estas regiones... trabajan de doce a trece horas, ganan muy poco y se les trata muy mal".
Si las condiciones laborales eran pésimas, la situación de las viviendas y de los barrios obreros no era mucho mejor. Al final de la jornada de trabajo, los operarios se retiraban a sus sombríos tugurios, llenos de piojos y de pulgas. Los barrios crecían precipitadamente, formados por barracas y chabolas, sin servicios, saneamientos, empedrado, alumbrado ni limpieza. Las casas carecían de luz y aireación. La tuberculosis, el cólera y el raquitismo se volvieron endémicos. En 1842, Edwin Chadwick, miembro de la Comisión parlamentaria británica para las Leyes de los Pobres, afirmaba en su informe que "la pérdida anual de vidas humanas a causa de la suciedad y la mala ventilación es mayor que los muertos o heridos en cualquiera de las guerras en las que el país se ha comprometido en los últimos tiempos".

Así, la esperanza de vida de un obrero catalán a mediados del siglo XIX era de 19 años, a finales de ese siglo (hace poco más de cien años) la de un obrero madrileño no alcanzaba los 30.
Los sueldos bajos, las condiciones laborales infrahumanas y la inestabilidad en el empleo llevaron a muchos desesperados al robo. Pero la propiedad es sagrada. En Inglaterra, entre 1806 y 1833 se condenó a la horca a 26500 personas, la mayoría por robo de pequeñas sumas de dinero.

Las condiciones de los jornaleros en el campo no eran mucho mejores. "En Baena morían diariamente de hambre diez o doce personas. Nutridos grupos recorrían las calles pidiendo pan; la cárcel se llenaba de reos de hurto y robo, a quienes se dejaba ir a declarar sin guardias, pero todos volvían porque, aunque mal, en la cárcel se comía algo" (Díez del Moral)

La situación era tal que muchas madres y padres dejaban morir (o mataban) a sus hijos recién nacidos. Según William Langer, "no era un espectáculo poco común ver cadáveres de niños tendidos en las calles o en los estercoleros de Londres y otras grandes ciudades". De hecho, ante esta situación, el gobierno inglés decidió intervenir y creó inclusas con diversos sistemas de recepción de hijos no deseados que guardaran el anonimato del donante. En Francia, entre los años 1824 y 1833, fueron legalmente abandonados 336297 niños (más de trescientos mil, no es un error). Estos hospicios eran auténticos mataderos. "Las madres que dejaban a sus bebés en la caja (las cajas giratorias instaladas en las paredes de las inclusas eran habituales en Francia) sabían que los estaban condenando a muerte casi con tanta seguridad como si los dejaran caer en el río" (Braudel) Entre el 80 y el 90 por cien de los niños dejados en esas instituciones moría durante su primer año de vida.
http://www.dailymail.co.uk/news/article-2305630/Lewis-Hine-Harrowing-images-child-labourers-children-young-forced-breaking-work-fields-factories-mines.html

2 comentarios:

Antonio J. Pan dijo...

Impresionante toda la entrada.
Pero lo que más me ha sorprendido es el hecho de que en la Prehistoria hubiese más "calidad de vida". ¿Cómo se puede saber eso?

Diego dijo...

La calidad de vida se mide según distintos parámetros. Algunos son, de algún modo, cuantificables a través de la arqueología como la nutrición (dentición, huesos, altura,causas de la muerte, etc), el análisis de los cazaderos, los restos de viviendas; otros, a través del estudio de culturas de economía paleolítica que han pervivido hasta la actualidad (cazadores recolectores de la selva amazónica, pueblos indonesios y africanos, etc)