La papa o patata, fue cultivada por primera vez entre los años 8000 y 5000 a. C. en una región que comprendería lo que hoy es los Andes del sur y el altiplano de Perú y el noroeste de Bolivia. Desde entonces se ha extendido por todo el mundo y se ha convertido en un alimento básico en la gran mayoría de países del globo.
La patata es de la familia de la belladona, que es altamente tóxica, y en su estado salvaje está llena de glicoalcaloides venenosos, el mismo elemento, en menores dosis, que aporta energía a la cafeína y la nicotina.
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| En el mundo, hay más de 4000 tipos de patata (en España, 150) |
Convertir la patata salvaje en un producto comestible exigía disminuir su contenido de glicoalcaloides entre un 50 % y un 20 %. Esto suscita muchas preguntas, empezando por la más obvia: ¿cómo lo hicieron? Y mientras lo hacían, ¿cómo sabían que estaban haciéndolo? ¿Cómo saber que el contenido venenoso se ha reducido, por ejemplo, un 20 %, o un 35 %, o una cifra similar? ¿Cómo valorar los avances en el proceso? Y, sobre todo, ¿cómo sabían que todo ese ejercicio merecería la pena y que, como resultado de ello, conseguirían un alimento inocuo y nutritivo?
Claro está que siempre podría haber mutado una patata tóxica de forma espontánea, ahorrando con ello generaciones de cultivo experimental selectivo. Pero de haber sido así, ¿cómo sabían que había mutado y que de entre todas las patatas salvajes venenosas había una que se podía comer?
El hecho es que la gente del mundo antiguo hacía a menudo cosas que no solo resultan sorprendentes, sino que son además incomprensibles.
El hecho es que la gente del mundo antiguo hacía a menudo cosas que no solo resultan sorprendentes, sino que son además incomprensibles.

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