miércoles, 11 de enero de 2017

Aristóteles y Platón (y los dientes)

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Aristóteles fue el discípulo más aventajado de Platón, superando muchas veces en sabiduría a su maestro. Por otra parte, había ciertas cosas en la filosofía de Platón con las que no comulgaba, especialmente su Teoría de las Ideas, que consideraba errónea. Aristóteles no veía motivo para admitir la existencia de las Ideas, de las esencias como realidades separadas de las cosas sensibles. Cuando tuvo que elegir entre ser fiel a lo que él consideraba como cierto y la fidelidad al maestro, sentenció: “Soy amigo de Platón, pero soy más amigo de la verdad”. 

Platón debió sentirse molesto por el distanciamiento de su discípulo o, al menos, así lo refiere una leyenda según la cual Platón afirmó en una ocasión: Aristóteles nos tira coces, como hacen los potrillos con sus madres, olvidando que los han parido.

Claro que una cosa son las críticas y otra las calumnias, a las que ni Aristóteles ni Platón fueron aficionados aunque sí víctimas de ellas. En cierta ocasión, alguien comentó a Aristóteles que había quien le calumniaba a sus espaldas, a lo que el filósofo contestó:
-No estando yo presente, como si me quiere azotar. 

El trabajo filosófico de Aristóteles contrasta claramente con el de Platón, pues se mostró mucho más interesado que él en la re­co­gi­da y cla­si­fi­ca­ción de da­tos. Ade­más, no só­lo or­ga­ni­zó y cla­si­fi­có las dis­tin­tas ra­mas del sa­ber cien­tí­fi­co, sino que fun­dó una nu­eva cien­cia, la ló­gi­ca, cent­ra­da en el es­tu­dio de las for­mas del pen­sa­mien­to correcto.

Pero, aun­que Aris­tó­te­les fue uno de los po­cos fi­ló­so­fos griegos que se in­te­re­sa­ba por la obser­va­ción em­pí­ri­ca, lo cierto es que tam­bién él pri­vi­le­giaba el pa­pel del pen­sa­mien­to pu­ro. Pre­ci­sa­men­te por no comp­ro­bar al­gu­nas de sus es­pe­cu­la­ciones co­me­tió al­gu­nos erro­res de bul­to. Así, por ejemp­lo, afirmó que, entre las cabras, los cerdos y los hu­ma­nos, los in­di­vi­duos de sexo fe­me­ni­no te­nían me­nos dien­tes que los de se­xo mas­cu­li­no. A pro­pó­si­to de ello, Bertrand Rus­ell comenta­ba en to­no de broma:
-Se casó dos veces, ¡pe­ro nun­ca se le ocur­rió exa­mi­nar la den­ta­du­ra de sus esposas pa­ra compro­bar su hi­pó­te­sis!
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González Calero, Pedro: Filosofía Para Bufones. Ariel, Barcelona, 2007

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