sábado, 30 de julio de 2016

Los racistas y el nieto del rabino

 En el  siglo XIX el término ario se usaba para designar a los lenguajes indoeuropeos, y por extensión a los pueblos que los hablaban. El conde de Gobineau (1816-1882) defendió la superioridad de la raza blanca y habló de los arios como cumbre de la evolución. Según su teoría, las civilizaciones están determinadas por su composición racial: la civilización aria sobreviviría mientras se mantuviera ajena a la disolución en otras razas inferiores como la de los negros. De no preservarse, el resultado sería la corrupción y la inmoralidad. Durante el siglo XX gente como Houston Stewart Chamberlain (1855-1927) y Adolf Hitler partieron de las teorías de Gobineau para desarrollar sus teorías políticas y el concepto de raza aria identificada con los alemanes y responsable del progreso de la humanidad, y los gitanos, judíos, negros y demás como elementos contaminadores y pervertidores.
Antropólogos y biólogos advierten que, ateniéndonos a las diferencias reales que se encuentran, la clasificación más pequeña en la que se puede agrupar a los organismos vivos es la de especie: todos los organismos que son capaces de cruzarse unos con otros bajo condiciones naturales pero que no se cruzan con miembros de otras especies y, si estos cruces ocurren, los descendientes híbridos no son fértiles o tienen alguna deficiencia. Hasta llegar a esta definición la biología tuvo que recorrer un largo camino, pues la clasificación de los animales partía de la Biblia que se basa, como todas las clasificaciones antiguas, en las apariencias. De hecho, la palabra especie significa en latín «apariencia». En épocas muy recientes estas apariencias han sido causa de confusión: en unas guías de campo de los años setenta el gorjeador myrtle y el gorjeador audubón aparecían como especies diferentes: tienen un hábitat distinto y difieren en el color del plumaje de la garganta, pero son sólo variaciones locales de la misma especie, y donde los hábitats se superponen las diferencias desaparecen.
Una raza es una subespecie, y es un término primero difícil de definir y segundo de encontrar en la realidad: son clasificaciones que pueden convenir o no en un momento determinado. Por definición, los miembros de una subespecie pueden hibridarse, lo que entre los humanos sucede con gran frecuencia, y la subespecie no puede ser distinta de la especie. El término raza además presenta múltiples problemas a la hora de clasificar: por ejemplo, la variedad genética de los africanos es mayor que toda la variedad en el resto del mundo. Una vez que se hiciera una división basada en una serie de características como el color de la piel, los rasgos y la estatura, aparecerían otras características discordantes como los grupos sanguíneos. La clasificación en subespecies es, además de falsa, confusa, y como tal no es una clasificación, sino más bien un agrupamiento arbitrario. No existe en el mundo una sola raza pura. De la misma manera que no hay siete colores en el arco iris, sino trece, veintiocho o cien, dependiendo de los criterios del clasificador y no del arco iris en sí: la variación humana es una progresión continua, y el blanco, el oriental, el negro son todos homo sapiens sapiens, de la misma manera que los diferentes colores del arco iris son todos luz que obedece las mismas leyes físicas.
El problema es que para asignar la categoría racial se aplica un criterio limitado: el color de la piel y ciertos rasgos de la cara. Pero la verdad es que ni por estos medios ni por otros que incluyeran datos completos sobre el individuo sería posible asignarlo a una raza. Un ejemplo cómico se produjo en 1935: los oficiales nazis seleccionaron a un muchacho alto, rubio y de mejillas sonrosadas para posar, como muestra de ejemplar de raza aria, en una fotografía junto a Hitler. La foto se vendió como postal y cientos de miles de personas la compraron en toda Alemania. Sólo entonces los nazis descubrieron que aquel paradigma de sano muchacho ario era, ni más ni menos, nieto del rabino Wedell, de Düsseldorf.
http://culturainquieta.com/es/
Peter Villanueva Hering:  Errores falacias y mentiras.

3 comentarios:

Píndaro Martín dijo...

Genial.

Diego Iguña dijo...

Muchas gracias, Píndaro Martín, me alegra mucho que le haya gustado. Un abrazo. ;)

Roberto Iguña dijo...

Qué bueno. Desde luego no hay mayor aventura que el conocimiento, ni mayor desventura que la falta del mismo.