martes, 5 de mayo de 2015

El doctor Semmelweis

Lavarse las manos es un gesto habitual, un gesto tan normal que si se piensa que gracias a él se han salvado miles de madres nos parece inverosímil y, no obstante, es así.
Antes de Semmelweis, un 20 por ciento de las madres morían al dar a luz; en tiempos de epidemia, esta cifra llegó a subir hasta el 96 por ciento. La causa, la fiebre puerperal.
En 1818 nacía en Buda, capital de Hungría, Ignaz Fülóp Semmelweis.
Estudió medicina con gran aprovechamiento e ingresó como ayudante del profesor Klin en uno de los dos pabellones de maternidad del Hospital de Viena, capital entonces del imperio austrohúngaro. Dos pabellones había destinados a la maternidad; uno, el dirigido por el profesor Klin; otro, dirigido por el profesor Bartch. Semmelweis, entusiasta de su oficio, consistente según sus palabras a ayudar al fenómeno más bello de la vida que es la maternidad, se desolaba al ver que la fiebre puerperal causaba tan grande mortandad entre las parturientas. Un día comparó los libros de la maternidad de Bartch y la maternidad de Klin y vio con sorpresa que la mortandad en la primera de ellas era notablemente inferior a la de la segunda, en la que él mismo trabajaba, y ello, actuando sobre su curiosidad científica, le llevó a examinar los diversos sistemas de partos que podían efectuarse. No encontró más que una sola diferencia: en la maternidad Bartch los partos eran efectuados por comadronas; en la de Klin, por internos y estudiantes de medicina. Pretextando una reorganización de la maternidad, hizo que las comadronas pasasen de una a otra y, cosa extraña, la mortandad descendió allí donde actuaban las comadronas. Es decir, que las muertes eran más frecuentes en los partos ayudados por médicos o estudiantes aventajados que normalmente usaban métodos más científicos que no los empíricos usados por las comadronas.
Semmelweis hizo conocer estos resultados a los directores de ambas maternidades, los cuales se encogieron de hombros indicando que tal vez ello se debía a la brusquedad propia de los estudiantes, que procedían con menos delicadeza que las comadronas; pero el profesor Klin, visto que su sala era en la que se producía más mortandad, consintió en que la mitad de los estudiantes fuesen sustituidos por comadronas, y la mortandad descendió, pero no se le dio mayor importancia. Se decía que la fiebre puerperal era el tributo que las mujeres del pueblo debían pagar por la maternidad, barbaridad ésta que sería incomprensible hoy en día. Semmelweis hizo notar que las mujeres de la nobleza o simplemente acomodadas que parían en sus casas no eran víctimas de una mortandad tan grande. Para él estas consideraciones eran como una pesadilla.
«El sonido de la campanilla anunciando el viático ha entrado para siempre en mí turbando la paz de mi alma. Todos los horrores de los que cada día soy impotente testigo me hacen la vida insoportable. No puedo continuar en este estado, en donde todo lo veo oscuro excepto el número implacable de muertes».
En el año 1847, cuando un sabio anatomista de Viena, el profesor Kolletchka, procediendo a la disección de un cadáver se hirió en una mano, murió víctima de una fiebre repentina. Charlando con los colegas, Semmelweis se dio cuenta de que ciertas manifestaciones de la fiebre causante de la muerte de Kolletchka eran similares a las de la fiebre puerperal. Aquello le hizo meditar y de pronto, como un relámpago, todo se iluminó. Los estudiantes que ayudaban en los partos procedían de los cursos de anatomía en donde se efectuaban las disecciones. Eran ellos los que llevaban en sus manos el origen de la muerte de las parturientas y entre ellos estaba el mismo Semmelweis, que varias y frecuentes veces pasaba de una sala a otra. Él, que quería ayudar la vida, era el causante de muchas muertes, de tantas y tantas muertes que en sueños le habían atormentado y despierto le habían afligido.
Sin quererlo él era un asesino.

Al día siguiente hizo instalar lavabos en la entrada de la sala de partos.
Todos los estudiantes fueron obligados a lavarse las manos con una solución de cloruro de cal. En pocos días la mortalidad por fiebre puerperal descendió a menos del uno por ciento. El milagro se había producido: todo consistía en lavarse las manos. Pasteur no había todavía dado a conocer el mundo de los microbios ni Jenner había descubierto la asepsia, pero Semmelweis, intuitivamente, la había puesto en práctica.
¿Cree el lector que ello fue el triunfo de Semmelweis? Pues está equivocado.
Los estudiantes encontraron molesto, e incluso ofensivo, el hecho de tener que lavarse las manos, y profesores y alumnos estuvieron acorde que el descenso de la mortalidad era pura coincidencia. Uno de los que se sublevó contra la orden fue el profesor Klin, y Semmelweis le cortó el paso a la sala de partos; indignado el profesor, le expulsó del hospital, con gran escándalo en el cuerpo médico de Viena, que impidió a Semmelweis ejercer la medicina.
Ello alteró sus facultades mentales, se le vio errar alrededor del hospital cada día más sombrío y de peor humor. Empezó a sufrir de manía persecutoria, hasta cierto punto justificada. Se veía rodeado de enemigos por todas partes, gritaba, apostrofaba a los transeúntes, hasta que un día empezó a correr por las calles gritando, hasta que llegó al hospital. Allí se dirigió corriendo hasta la sala de disección donde los alumnos estaban disecando un cadáver. Semmelweis se apoderó de un escalpelo, apartó a empujones a alumnos y profesores y empezó a cortar el cadáver y después a sí mismo, mezclando sus heridas con la infección cadavérica. Los asistentes reaccionaron, pero demasiado tarde, la herida que se había producido era muy profunda. La infección ganó terreno, su fiebre era similar a la fiebre puerperal que él había inoculado inconscientemente a tantas y tantas madres. Su infección era mortal.
Pocos días después moría en el manicomio.
En Buda, en la casa donde nació, situada en la calle que lleva hasta el Baluarte de los Pescadores, se conserva la casa en donde nació Semmelweis, hoy convertida en pequeño museo. Una discreta lápida recuerda que allí vio por primera vez la luz el hombre que descubrió el sistema de salvar a muchas madres.

2 comentarios:

Unknown dijo...

A raíz de la anécdota de los arzobispos y la prensa he encontrado tu blog. Es muy interesante. Voy por aquí y hacia atrás. Felicidades.

Diego Iguña dijo...

Me alegro de que te guste😁😊. Un saludo