lunes, 1 de septiembre de 2025

La caverna

Platón dibuja una alegoría sobre el conocimiento en el llamado mito de la caverna. En ella, describe a un grupo de hombres prisioneros desde su nacimiento, sujetos con cadenas de forma que únicamente pueden mirar hacia la pared del fondo de la cueva, sin poder nunca girar la cabeza. Justo detrás de ellos hay un muro con un pasillo y seguidamente, y por orden de cercanía respecto de los hombres, una hoguera y la entrada de la gruta. Gracias a la iluminación de la hoguera, las sombras se proyectan en la pared que los prisioneros pueden ver.
Estos hombres encadenados consideran que estas sombras de los objetos son la única realidad, ellos están condenados a tomar únicamente por ciertos todos y cada uno de los contornos proyectados ya que no pueden conocer nada de lo que ocurre a sus espaldas.
Ayer recordé al filósofo ateniense cuando leí en la prensa la repercusión que había tenido la expulsión de un participante de un popular concurso televisivo. Frente a una cruda realidad cotidiana y a un futuro tan incierto, la máxima preocupación de miles de personas (cuatro millones, según los datos de audiencia) se centraba en un grupo de bronceados y controvertidos jugadores y en sus polémicos vínculos interpersonales.
Como en estos días he tenido algún tiempo para la reflexión (o lo que sea que hago cuando duermo) y el asueto (qué palabreja) también me he dedicado a la obligada visita de las redes sociales, con sus bulos, sus fakes y sus iracundos mensajes. La realidad aquí se nos presenta bajo un aluvión de imágenes, una sucesión imparable de opiniones y noticias. Todo pasa deprisa e, invariablemente, los sucesos se iluminan, fluyen y se extinguen con rapidez. Sin embargo, este fuego voraz que parece no perdonar nada, no es capaz de iluminar las tinieblas. Todo lo contrario, tras cada visita queda esa sensación pastosa y turbia de la resaca, la desazón de encontrarse arrastrado por el tumulto, el incómodo presentimiento de haber olvidado algo.
Cierto que es necesario evadirse y que a veces una buena falsa historia es más seductora que esta mustia realidad, pero no es menos cierto que estamos más cerca que nunca de aquel mundo anunciado por Aldous Huxley. En su novela Un mundo feliz, la información, las sensaciones y las distracciones eran tantas que la gente vivía en un mar de irrelevancia, era conducida hacia la pasividad y la sumisión a través del placer. Por doquier y en cualquier momento, la publicidad, la televisión, las redes, internet, nos están proponiendo la euforia permanente, la distracción constante, una vida fácil, donde lo que no podemos ni debemos nunca es aburrirnos y fracasar. Es una constante incitación propagandística a pensar que nuestra existencia es un juego y que vivir consiste solo en jugar (y ganar) y caer en el tedio es el mayor pecado: “diviértete hasta morir”, como escribió Neil Postman…En esas realidades paralelas vivimos, ahora más intensamente que nunca, metidos en nuestra cuevita particular, jugando a la play en vez de patear un balón, acertando preguntitas de relleno en vez de estudiar, leyendo frases pretendidamente elocuentes pero no ser capaces de leer un libro o un simple artículo, copiar y pegar sin saber lo que estás escribiendo, ver fotos retocadas, acariciar con los ojos lindos gatitos (sin la molestia de los pelos) o paisajes idílicos (sin mosquitos), perdiendo el contacto poco a poco con la cruda realidad de la caverna, viendo y formando con nuestras manos sombras chinescas… conectados, huraños y felices.

domingo, 3 de agosto de 2025

Barbas apostólicas, calvas y coletas

Cuando el toro llega a la plaza ya todo está dispuesto para el sacrificio. Los banderilleros levantan los brazos y estiran la espalda, los picadores montan en sus caballerías acorazadas, el torero sopesa la espada y se acaricia los alamares. La gente bulle nerviosa, la bandera ondea, don Guido fuma excitado, un mozo de espadas se santigua en el burladero y la banda de música entona un pasodoble.

Oraciones, bostezos y embestidas, los españoles amantes de las tradiciones no soportan que a los toros te lleves la minifalda ni que les modifiquen el protocolo. Cuando alguien se atreve, se engendra un coro de voces estomagante y nauseabundo, se muestra en acción esa rabia clasista que cincela el idioma y coagula en palabras el odio y la burla. El desprecio estalla en una lengua de combate sin matices, que usa todos los medios para forzar el juicio de los espectadores, que gritan y aplauden hasta arrugarse la golilla.

El presente y el pasado pluscuamperfecto de la fiesta nacional no se tocan. El blindaje de nuestras tradiciones se compone de políticos corruptos, periodistas entregados, medios de comunicación quincalleros y sectarios, intelectuales lánguidos y sobones, tertulianos con mentiras en la manga, perrillos falderos del verdadero e intocable poder, que los premia y agasaja con orejas y rabos. Hay para todos.

El vano ayer ha engendrado un presente que manosea la añoranza melancólica de lo que nunca existió, que defiende siempre al torero. Huele a sangre en la arena.