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viernes, 9 de diciembre de 2016

El misterio de Göbekli Tepe

Göbekli Tepe se encuentra en lo alto de una colina en lo que hoy es la provincia de Urfa, en el sureste de Turquía. Es una magnífica estructura construida hace 11500 años (7000 antes que la Gran Pirámide) gracias a los hercúleos esfuerzos no de pobladores neolíticos, sino de cazadores-recolectores que todavía no habían abandonado el modo de vida nómada.
Pero lo más sorprendente es el uso para el que fue erigido. Precediendo a la Biblia hebrea en unos 10000 años, todo parece indicar que Göbekli Tepe era un santuario religioso.
Los pilares de Göbekli Tepe se encuentran dispuestos en círculos de hasta veinte metros de diámetro. Cada círculo contenía en el centro dos pilares adicionales en forma de T, aparentemente figuras humanoides de cabeza oblonga y cuerpo largo y delgado. El más alto de ellos sobrepasa los cinco metros de altura. Su construcción requirió el transporte de enormes piedras, algunas de hasta dieciséis toneladas, a pesar de que se hizo antes de la invención de las herramientas de metal, antes de la invención de la rueda y antes de que la gente aprendiese a domesticar animales como bestias de carga. Más aún, a diferencia de los edificios religiosos de tiempos posteriores, Göbekli Tepe se construyó antes de que la gente viviera en ciudades que pudieran proveer de una fuente numerosa y organizada de trabajadores. En palabras de National Geographic, «descubrir que los cazadores-recolectores habían construido Göbekli Tepe fue como descubrir que alguien hubiera construido un 747 en su sótano con una navaja».
Los primeros científicos que dieron con el monumento fueron unos antropólogos de la Universidad de Chicago y de la Universidad de Estambul, mientras realizaban una prospección de la región en los años 1960. Observaron varias losas de piedra caliza que sobresalían del suelo, pero no les dieron importancia, considerándolas restos de un cementerio bizantino abandonado.
Pasaron tres décadas, y en 1994 un agricultor de la región tropezó con su arado en lo alto de lo que resultó ser un enorme pilar enterrado. Klaus Schmidt, un arqueólogo que trabajaba por aquella zona y que había leído el informe de la Universidad de Chicago, decidió echar un vistazo y estudió el yacimiento hasta su muerte en 2014.
Como Göbekli Tepe es anterior a la invención de la escritura, no disponemos de fragmentos de textos sagrados que, una vez descodificados, arrojen luz sobre los rituales que allí se practicaban. La conclusión de que Göbekli Tepe era un lugar de adoración se basa en comparaciones con prácticas y sitios religiosos posteriores. Por ejemplo, tallados en los pilares de Göbekli Tepe se encuentran diversos animales, pero a diferencia de las pinturas rupestres de la Era Paleolítica, no se corresponden con los animales que los constructores de Göbekli Tepe debían cazar para subsistir, y tampoco representan iconos relacionados con la caza o con las acciones de la vida diaria, sino que representan animales amenazadores como leones, culebras, jabalíes, escorpiones y una fiera parecida a un chacal con la caja torácica expuesta. Se cree que se trata de personajes simbólicos o míticos, el tipo de animales que más tarde se asociaría con la adoración.
Para los antiguos habitantes, visitar Göbekli Tepe debía representar un compromiso muy serio, pues se encuentra en medio de la nada. De hecho, nunca se han hallado indicios de que nadie viviera jamás en aquella área: ni fuentes de agua, ni casas, ni restos de hogares. Lo que sí encontraron los arqueólogos fueron los huesos de miles de gacelas y uros que debieron ser transportados como alimento desde lejanos lugares de caza. Ir a Göbekli Tepe era hacer un peregrinaje, y los indicios señalan que atraía a cazadores-recolectores nómadas de hasta cien kilómetros a la redonda.
Göbekli Tepe «muestra que primero fueron los cambios socioculturales, luego la agricultura», dice Ian Hodder, arqueólogo de la Universidad de Stanford. En otras palabras, el surgimiento de rituales religiosos realizados en grupo parece haber sido una razón importante para que los humanos comenzaran a asentarse a medida que los centros religiosos atraían a los nómadas hacia sus estrictas órbitas, hasta que se formaron pueblos basados en sistemas compartidos de creencias y significados. Göbekli Tepe se construyó en una época en la que todavía rondaban tigres de dientes de sable por los parajes de Asia, y el último de nuestros parientes no pertenecientes a Homo sapiens, un cazador y fabricante de herramientas con aspecto de hobbit, de apenas un metro de estatura, bautizado como Homo floresiensis, tan solo llevaba algunos siglos extinguido. Y, sin embargo, sus antiguos constructores, por lo que sabemos, ya habían pasado de hacerse preguntas pragmáticas sobre la vida a plantearse también preguntas espirituales. «Puede argumentarse sólidamente», dice Hodder, que Göbekli Tepe «es el verdadero origen de las complejas sociedades modernas».
Göbekli Tepe es visto como un descubrimiento arqueológico a partir del que cambia profundamente nuestra comprensión de una etapa crucial en el desarrollo de las sociedades humanas. Parece ser que la construcción de complejos monumentales estaba entre las capacidades de los cazadores-recolectores y no solamente entre las comunidades sedentarias de agricultores, como se había asumido anteriormente. En otras palabras, como su excavador Klaus Schmidt estimó: "primero llegó el templo, después la ciudad." Esta revolucionaria hipótesis podrá ser apoyada o modificada por futuras investigaciones.
Alrededor del inicio del VIII milenio a. C. la "colina panzuda" perdió su importancia.
Pero el complejo no fue simplemente abandonado y olvidado, para ser gradualmente destruido por los elementos, sino que fue deliberadamente enterrado bajo 300-500 metros cúbicos de tierra. El porqué de este comportamiento no lo conocemos, pero preservó los monumentos para la posteridad.

Leonard Mlodinow: Las lagartijas no se hacen preguntas. Critica, Barcelona, 2016

viernes, 5 de junio de 2015

La viruela, Turquía y las vacunas

En el año 1718 una epidemia de viruela invadió Inglaterra, y lady Montagu, esposa del embajador de Inglaterra en Turquía, envió una carta a una de sus amigas de Londres en la que les explicaba que en aquel país la viruela era casi desconocida gracias a un sistema un poco raro y extraño: unas viejas curanderas picaban a las personas con agujas llenas de pus seco procedente de un enfermo varioloso. Cosa extraña: pocos días después, los enfermos presentaban los primeros síntomas de la enfermedad, pero ésta, en vez de desarrollarse, desaparecía milagrosamente. La fiebre no duraba más que una semana como máximo; añadía la embajadora que las circasianas, célebres por su belleza, muy apreciada en los mercados de esclavas de Samarcanda, eran inoculadas con este pus para preservar su cuerpo de las feas huellas que afeaban el cuerpo de las que habían sufrido la viruela. 
“Mercado de esclavas circasianas en Constantinopla”
Por su parte, el embajador de Francia, decía: «Aquí se toma la viruela como en Francia se toman las aguas». Al parecer, las damas de Constantinopla o Estambul se reunían en casa de las curanderas como las damas de París se reunían para tomar el té. La curandera preguntaba amablemente en qué parte del cuerpo quería ser inoculada porque se sabía que la operación dejaba una pequeña huella.
Se corrían riesgos; por ejemplo, el de contagiarse con otra enfermedad que sufriese el primer paciente o donador. Hoy sabemos de los riesgos de contraer una hepatitis usando jeringuillas u otros instrumentos empleados anteriormente por un individuo atacado de esta enfermedad.
A su regreso a Londres, lady Montagu mostró a las damas de la corte la pequeña cicatriz que había dejado la inoculación y explicó que había hecho lo mismo con sus hijos, que así quedaban inmunes a la viruela. La nuera del rey quiso ser la primera paciente en ser inoculada, pero antes se ensayó el método en seis condenados a muerte y en algunos niños inoculados. Todos quedaron inmunes.
Eduardo Jenner era un médico del Gloucestershire que había observado que las campesinas que ordeñaban las vacas enfermas se contagiaban a veces de la enfermedad debido a alguna pequeña herida en las manos y que con ello quedaban inmunes a la viruela. Jenner se preguntó si sería esta enfermedad de las vacas la misma que la viruela de los humanos.
La viruela había costado la vida a doscientos mil ingleses en un siglo, a catorce mil parisienses en un año y de los cincuenta mil irlandeses que comprendían la población total de la isla habían muerto dieciocho mil. Jenner quiso comprobar si era cierto que quien hubiese sufrido la fiebre vacuna era inmune a la viruela y se decidió a dar un paso transcendental que podía costarle la carrera. Cogió el pus de una vaca enferma y lo inoculó a un niño. Al cabo de siete días el pequeño se quejó de fiebre, dolor de cabeza y temblores: exactamente como un enfermo de viruela. Jenner estaba espantado. ¿Habría acaso cometido un crimen? Dos días después el niño se había restablecido. Su nombre ha pasado a la historia: se llamaba James Phipps. Cuando el niño estuvo curado Jenner continuó su experimento e inoculó a James pus de viruela humana. De ello se siguió una pequeña inflamación y nada más. Dos meses más tarde Jenner inoculó otra vez pus de viruela humana sin que se produjese efecto alguno. La vacuna estaba descubierta.
Entusiasmado, Jenner redactó una memoria sobre sus experimentos y la envió a la Academia Real de Medicina, la cual se la devolvió, no viendo en el texto más que absurdas tonterías.
Se decidió entonces a imprimirla por su cuenta, pero las invectivas y los sarcasmos empezaron. Se le acusó de querer envenenar a la población, se le tachó de loco y los más benévolos le creían un visionario. Pero poco tiempo después Napoleón se hizo vacunar y ordenó la vacuna obligatoria para todo su ejército. La hermana de Napoleón, Elisa, gran duquesa de Lucca y de Piombino, fue la primera soberana que hizo obligatoria la vacunación en su Estado.