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jueves, 6 de diciembre de 2012

Los campos de concentración de Franco

Existe una visión —antes oficial y hoy nostálgica— y una falsa memoria sobre la Guerra Civil y la dictadura de Franco que tienden a infravalorar, o a relativizar, los procesos de violencia política desarrollados durante ambas, con el objetivo de no considerar la represión franquista como el basamento de la larga duración del régimen dictatorial.
Esa ha sido una percepción, heredera de la propaganda franquista, que ha llegado no intacta, pero sí con considerable salud, hasta nuestros días: la de una violencia proporcionada, correlativa a la violencia revolucionaria. La de una violencia, en definitiva, necesaria, sanadora y justificada. Una violencia que, gracias a la bendición eclesiástica que recibió durante la Guerra Civil, no sería cruel y desproporcionada, sino un elemento más de la definitiva lucha entre el Bien y el Mal, entre la ciudad de dios y los sin dios, la antiEspaña.
Pero de proporcionada, puntual o limitada, la violencia franquista tuvo más bien poco. De hecho, la violencia fue un elemento consustancial a la dictadura.
Hoy es ya imposible pensar en ella sin situar en el primer plano del análisis sus 30.000 desaparecidos, los 150.000 fusilados por causas políticas, el medio millón de internos en campos de concentración, los miles de prisioneros de guerra y presos políticos empleados como mano de obra forzosa para trabajos de reconstrucción y obras públicas, las decenas de miles de personas empujadas al exilio, la absurda y desbordada constelación carcelaria de la posguerra española —con un mínimo de 300.000 internos— o la vergonzante represión de género desarrollada por la dictadura que, más allá de la reclusión de la mujer en el espacio privado, llegó a extremos de crueldad cuales el rapto, el robo de niñas y niños en las cárceles femeninas.
Los campos de concentración no se crearon en 1937, como se ha afirmado de manera errónea. Los campos franquistas fueron la respuesta militar e intendente de los mandos facciosos al problema de la acumulación de disidentes, presos y prisioneros de toda índole, en las retaguardias y provenientes de los frentes de guerra. De ellos hay noticias en 1936, sin regulación alguna ni institucionalización, pero con igual naturaleza que los campos posteriores. Lo que ocurrió en  1937 es que  se institucionalizaron estos  campos de concentración (y los batallones de trabajo) bajo un mando (el del coronel-inspector Luis de Martín de Pinillos) y con unos objetivos concretos. Ello obedecía a la imperiosa necesidad de controlar férreamente la creciente masa de prisioneros republicanos que los continuos avances del Ejército proporcionaban. Se crearon más de 180 campos (104 de ellos, estables) donde a los prisioneros de guerra se les internaba, reeducaba, torturaba, aniquilaba ideológicamente y preparaba para formar parte de la enorme legión de esclavos que construyeron y reconstruyeron infraestructuras estatales, como parte del castigo que debían pagar a la “verdadera” España.
Casi medio millón de prisioneros de guerra republicanos pasaron por los campos, auténticos laboratorios de la Nueva España en los que las autoridades sublevadas (principalmente militares y eclesiásticas, aunque también civiles) les sometían a procesos de clasificación y reeducación política, recatolización, depuración, humillación y, finalmente, de reutilización en trabajos forzosos.Como diría en 1941 Isidro Castellón, director de la cárcel Modelo de Barcelona, ellos eran la «diezmillonésima parte de una mierda».
798.12Internados meses o años en centros de deplorables condiciones higiénicas, con escasa alimentación y peor abrigo, los prisioneros de guerra, la antiEspaña en primera instancia, debían rendir tributo en forma de sufrimiento y trabajo a la verdadera España.
De entre los campos de concentración más conocidos en la España de Franco se puede nombrar los siguientes: “Hotel Cemento”, Cervera (Lérida); Campo de Santa Ana, Astorga (León); Miranda de Ebro (Burgos); Campo de Santoña (Santander); San Gregorio (Zaragoza); Campo de Albatera (Alicante); Seminario de Belchite (Zaragoza);  Campo de Moncófar (Valencia); “Cortijo de Cáceres” (Murcia);  Campo de Formentera (Baleares); San Marcos (León); Campo de Valdenoceda (Burgos), para las Brigadas Internacionales; Monasterio de Irache (Navarra)... En Andalucía, fueron tristemente famosos los de “La Rinconada” (Sevilla), Los Merinales en Dos Hermanas (Sevilla), La Corchuela en Dos Hermanas (Sevilla), El Palmar de Troya en Utrera (Sevilla), Ronda (Málaga) o los de la provincia de Cádiz.

lunes, 8 de octubre de 2012

Víctor Jara

Las de Víctor Jara son historias de amor eternas, sin patria, bandera ni tiempo. Sus protagonistas son trabajadores textiles y campesinos, obreros y mineros, cuyos amores, sueños e ilusiones los cuenta de forma delicada y discreta, con un lirismo responsable y consciente, nacido de la empatía de quien tiene un profundo respeto para las personas. Son personajes que siempre tienen un nombre… como Amanda y Manuel (llamados así por sus padres), protagonistas de la estremecedora historia de amor en los tiempos de la fábrica de Te recuerdo Amanda (1969).
 
El pasado 28 de septiembre Víctor Jara hubiera cumplido ochenta años. Y casi cuarenta han pasado de su trágica muerte, a la edad de 41 años, asesinado a manos de los sicarios con uniforme militar del dictador Augusto Pinochet. Fue en el estadio de Santiago de Chile, hoy llamado Estadio Víctor Jara, en aquel septiembre negro de 1973, apenas cinco días después del bombardeo del palacio de La Moneda y el asesinato del presidente Salvador Allende.
«Somos cinco mil en esta pequeña parte de la ciudad. Somos cinco mil ¿Cuántos seremos en total en las ciudades y en todo el país? ... ¡Cuánta humanidad con hambre, frío, pánico, dolor, terror y locura!»… Estas fueron sus últimas palabras, anotadas en un cuaderno pocas horas antes de morir.
Casi cinco lustros han pasado del comienzo de la lentísima transición democrática chilena, iniciada con el plebiscito que puso fin al régimen militar de Pinochet en 1988, aunque se mantuvo en el cargo de comandande en jefe de las Fuerzas Armadas del Chile democrático durante una década más, para luego convertirse en senador vitalicio. 
Los asesinos de Víctor Jara y de decenas de miles de personas detenidas y torturadas, en algunos casos delante de las televisiones de todo el mundo, continúan andando libres, impunemente, por las calles del país, como incurables nostálgicos del «orden», la «seguridad» y la «disciplina».

sábado, 29 de septiembre de 2012

El carnicero del Somme

En julio de 1916, el general británico Douglas Haig ordenó a once divisiones de soldados ingleses que salieran de sus trincheras y avanzasen hacia las líneas alemanas. Las seis divisiones alemanas comenzaron a disparar con sus ametralladoras. La batalla es recordada principalmente por su primer día, el 1 de julio, en el que los británicos (con unos 110.000 atacantes) sufrieron 57.740 bajas, de las cuales 19.240 fueron mortales. Podían verse todos esos cuerpos retorcidos en tierra de nadie, en el fantasmagórico territorio entre las trincheras enfrentadas.
Haig mantenía unas ideas obsoletas sobre cómo hacer la guerra, más propias de las campañas de mediados del siglo XIX que de una guerra moderna. A diferencia de otros militares de su época, nunca llegó a comprender que la caballería tradicional era un arma en extinción, y que las guerras futuras serían protagonizadas por los nuevos ingenios mecánicos que hicieron su debut en la Gran Guerra, como el carro de combate y el avión. Esta mentalidad caduca es la única que puede explicar, por ejemplo, su obcecación en el uso de inútiles cargas de caballería e infantería durante la Batalla del Somme, a pesar de que él mismo había sido informado de su ineficacia frente a las ametralladoras y trincheras en la Guerra ruso-japonesa de 1905 o en el propio Frente Oriental.
Años después de la Primera Guerra Mundial, el viejo y perspicaz soldado todavía aseguraba que "La ametralladora nunca sustituirá al caballo como instrumento de guerra".
El 1 de enero de 1917, este genio de la estrategia, este hombre clarividente fue ascendido a mariscal de campo.

Ese verano Haig continuó con optimismo hacia la ofensiva final. La tercera batalla de Ypres consistió en una serie de ocho ataques llevados a cabo bajo un torrente de lluvia en un territorio inundado y fangoso. No consiguieron romper el frente enemigo. Todo lo que ganaron fue unos ocho kilómetros que costaron a los británicos alrededor de 400.000 hombres.
Los ciudadanos franceses e ingleses nunca fueron informados de estas carnicerías ni del número de bajas que se estaban produciendo. Tras la batalla, los periódicos londinenses imprimieron lo siguiente:
¿Cómo pueden los civiles ayudar en esta crisis?
Esté animado. Escriba alentadoramente a sus amigos del frente. No crea que sabe más que Haig.

Zinn, Howard: La otra historia de los EEUU
http://es.wikipedia.org/wiki/Douglas_Haig
 

sábado, 18 de abril de 2009

El horror cotidiano


En enero de 2007, el Holocaust Memorial Museum recibió una donación anónima, un álbum de fotografías con la inscripción, Auschwitz 21.6.1944. La singularidad del libro es doble, ya que apenas existen fotos del mayor campo de concentración nazi, el complejo Auschwitz-Birkenau, y además son las primeras fotografías que muestran la vida diaria de los verdugos.

A pesar de no contener ningún nombre, las fechas y restos de un uniforme hacen pensar que el álbum lo creó el Obersturmführer de la SS Karl Höcker, ayudante del comandante de Auschwitz, SS-Sturmbannführer Richard Baer. Höcker estuvo en el campo desde mayo de 1944 hasta la evacuación en enero de 1945 y se le considera responsable de unas 1.000 víctimas.

Las imágenes muestran la vida y actividades de los captores del campo. Lo cotidiano del horror.

Fotos de jóvenes tomando el sol, cantando a coro o relajándose tras la jornada laboral. Las imágenes horrorizan por lo que no muestran: el campo de concentración de Auschwitz en 1944. Este periodo es el de máxima utilización de las cámaras de gas, con la llegada masiva de judíos de Hungría.

En la imagen, un oficial de las SS toma el sol junto a sus ayudantes. Unos metros más allá, las cámaras de gas trabajan a pleno rendimiento.

Soldados que entonan alegres canciones o ríen junto a las enfermeras, jóvenes felices y despreocupados que pasan una tarde en el campo y se divierten junto a sus compañeros. Estos sonrientes muchachos organizaban los pelotones de prisioneros judíos y les obligaban a desnudarse. Un grupo de ellos cortaba el pelo de las mujeres. Seguidamente, los soldados conducían a sus víctimas a toda prisa hacia las cámaras de gas y escuchaban sus espantosos gritos antes de morir. Según el testimonio de algunos supervivientes, se divertían con el espectáculo y hacían las más variadas bromas. Después, inspeccionaban los cadáveres y sacaban el oro de los dientes y los anillos de los dedos.

Cerca de un total de 1.000 hombres y 200 mujeres de las SS sirvieron como supervisores de vigilancia en el complejo de Auschwitz. Junto a los barracones de sus víctimas, sus instalaciones disponían de una panadería, una barbería, garaje, gasolinera, almacenes y pequeños jardines con fuentes y hermosas flores.

En su descripción de los horrores del campo de Treblinka, Vasili Grossman asegura que aquellos alemanes se aplicaban a la tarea de exterminar gente “como si se tratara de cultivar coliflores o patatas”. “Hacían gimnasia; cuidaban apasionadamente su salud y comodidad de su vida cotidiana” – explica. “Cultivaban jardines y lechos de flores junto a sus barracones. Iban de vacaciones a Alemania varias veces al año, porque sus jefes pensaban que su trabajo era demasiado perjudicial para su salud y querían protegerlos”.

“A veces los hombres de las SS organizaban una especie de picnic junto a los hornos —prosigue Grossman— Se sentaban allí, a barlovento, bebían vino, comían y miraban las llamas…” “Organizaban partidos de fútbol, un coro y bailes para los condenados… Una de las principales diversiones eran las violaciones nocturnas y la tortura de las jóvenes más hermosas, seleccionadas de cada transporte de prisioneros. Por la mañana los propios violadores las llevaban a la cámara de gas”.

El comandante al mando de Auschwitz, Rudolf Höss, vivía a escasos metros de los crematorios, junto a su mujer y sus cinco hijos. Los testimonios de quienes le conocieron aseguran que Höss era un padre y marido ejemplar, un hombre tranquilo y de apariencia bonachona. Según Abram L. Sachar, “estaba orgulloso de su ejemplar vida familiar y de la dedicación a sus hijos y sus mascotas. Recordaba con nostalgia cómo se había visto obligado a irse de una celebración navideña para atender tareas en las cámaras de gas”.
“Cuando su canario murió, —explica Sachar— colocó con ternura su cuerpo en una pequeña caja, puso encima una rosa y lo enterró bajo un rosal del jardín”.